En tránsito
Eduardo Jordá
Vivienda
España sufre desde 1800 una enfermedad social crónica, que provoca una alineación ideológica profunda, no basada en razonamientos, sino en sentimientos, viscerales e ilógicos, en el que el “otro” es el contrincante a batir, el “hereje” a quien hay que convertir o silenciar. Se da en todos, se salvan algunos pocos, los cuales viven exiliados en su mundo interior, apartados, no siendo bien vistos por ambos lados, y en todo caso son invisibles en el entorno social.
En vez de pensar en la racionalidad de las oportunidades para hacer la comunidad nacional más próspera y mejor, se reducen a un bando ideológico, en el cual encuentran la solución mesiánica que salvará el futuro. Todos los errores en que incurran sus correligionarios son aceptables, o en todo caso manchas intrascendentes respecto al gran objetivo en que están embarcados. Unos piensan que hay que superar el concepto nacional actual, cambiarlo y entregarse al antojo de los designios del futuro ideológico, elevado casi a místico. En el otro bando no hay que cambiar nada, todo está bien, o en todo caso hay que seguir mirando el ombligo nacional, somos magníficos, nuestros ancestros eran los mejores, se vive de las grandezas del pasado, y todo lo extraño es mirado con aprehensión, mas subyace, al igual que en sus oponentes, un sentimiento de inferioridad, la del vencido por la Historia, admirando en el exterior aquellos países exitosos que creen comulgan con sus ideales.
Ambos bandos están anclados en ideas decimonónicas, aliñadas unas con teorías neomarxistas, que en definitiva están abonadas de jacobinismo extremo, más aquellas infundidas por el Club de Roma, y otros por el capitalismo excluyente individualista, hegeliano, basado en la superioridad del triunfador. No saben que, en esencia, ambas corrientes tienden a un punto de confluencia común, basado en una sociedad colmena, utilitarista, gobernada por los mejores, sea estructurada según un organigrama empresarial o de partido único. Aunque en España se ignora, en la masa de seguidores de las dos tendencias, pues están cegados por mitos divinos.
Mientras, España tiende a la nada, entregándose al vaivén de la Historia dictada por otros.
En vez de estar enfrascados en el enfrentamiento ideológico personal, hemos de dialogar, no para convencer, sino hablar de la vida, de nuestros quehaceres, disfrutar juntos, buscando otras alternativas ideológicas superiores, que nos incluyan a todos y nuestras apetencias vitales.
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