En tránsito
Eduardo Jordá
Vivienda
Cualquiera que haya intentado encontrar un piso en ese extraño país que aún llamamos España se habrá encontrado con toda clase de sorpresas. Hace poco visité un piso que parecía la antigua vivienda de la usurera de Crimen y castigo, en la que no faltaba ni una caja fuerte en la salita –¿para qué estaba allí?– ni un cerrojo de seguridad en la puerta del dormitorio (¿por qué había tenido que encerrarse a cal y canto la persona que dormía allí?). En fin, mejor no hacerse preguntas. El caso es que la falta de vivienda es tan escandalosa que se venden con toda normalidad –o se alquilan a precio de oro– espacios inhabitables como trasteros, cocheras, entresuelos y sobreáticos. Un zulo de 15 metros cuadros que parece uno de esos nichos de hotel japonés para una sola noche –o incluso un sarcófago para resonancias magnéticas– se considera una vivienda adecuada para que una persona vagamente humana pueda llevar a cabo una existencia feliz. Y la cosa ha llegado a tal punto que las plantas bajas, que antes sólo servían para oficinas y comercios, ahora forman la parte más noble de la oferta inmobiliaria. Y la consecuencia, cómo no, es que tu dormitorio da a la calle donde hacen botellona los adolescentes del barrio o donde tiene instalada la terraza ese bar tan nuestro que pone flamenquito hasta la madrugada. Y estoy seguro de que alguien ha alquilado ya los cuartos de contadores de algún edificio para alojar allí a un desesperado que no tiene dónde caerse muerto, o quizá a varias personas a la vez, amontonadas a la buena de Dios entre cables eléctricos, bicicletas y trastos de todas clases. Y quien encuentre una habitación a un precio razonable en un piso compartido podrá considerarse afortunado. ¿Es normal pagar 500 o 600 euros por una habitación? Para mucha gente, sí. Y no sólo es normal, sino que se considera buena suerte.
Una situación así nos parecería intolerable, pero hemos aprendido a aceptarla como una especie de predestinación nacional ineludible. En ningún sitio se vive tan bien como en España, nos decimos fingiendo creer que es verdad. Y mientras las cosas sigan igual, todas las promesas de construir miles y miles de viviendas serán tan falsas como esos anuncios que nos prometen un apartamento de lujo en un trastero. Verdad de Dios, amigos.
También te puede interesar
En tránsito
Eduardo Jordá
Vivienda
Relojes de Arena
Víctor Pérez Castro
Reloj de ceniza
Reflejos
Francisco Bautista Toledo
Okupas
Paisaje urbano
Eduardo Osborne
Pregonar la discordia
Lo último