Comunicaciones improcedentes

21 de febrero 2026 - 03:13

Cuando terminé de ver Salvador, la magnífica serie protagonizada por Luis Tosar, sentí una conmoción enorme. Estaba convencido de que esa encrucijada de policías, jueces y políticos corruptos había salido de la pluma de Makinavaja, resucitado después de tantos años, como una venganza manifiesta por tantas fatigas como le habían hecho pasar en su etapa de héroe de tira cómica. Salvador dibuja un muestrario nada desdeñable de colectivos escasamente respetables, a tenor de lo narrado en sus capítulos. De entre todos ellos destacan las agrias tintas que se vierten contra la policía, retratada sin compasión, como un cuerpo corrupto hasta la médula, a sueldo de los poderes fácticos de la sociedad, alineado con los peor de la extrema derecha y del mundo del hampa.

Terminé confuso. La serie me parece buena, correctamente dirigida, de argumento bien desarrollado y, por supuesto, con una interpretación soberbia de Luis Tosar. Pero me inquietó la imagen que transmite de la policía, máxime porque caí en la cuenta de que es recurrente, con lo que puede estar trasluciendo algo ya instalado en el imaginario colectivo.

No es, desde luego, una buena noticia. Así no se fomenta, antes al contrario, la necesaria confianza de la ciudadanía en los cuerpos de seguridad. Esa confianza se antoja un requisito necesario e inexcusable en la vida social de las democracias y, consciente o inconscientemente, se está socavando.

Andaba yo en esas tribulaciones cuando estalló todo el asunto de José Ángel González, número dos de la Policía Nacional, acusado de violación a una compañera del cuerpo. El asunto en sí es de una gravedad extrema, intensificada por las acusaciones de encubrimiento hacia parte de la cúpula de Interior y por el sorprendente desconocimiento oficial del propio ministro.

A veces parece todo extraordinariamente complicado, como esta especie de hemorragia comunicativa que está rodeando a la Policía Nacional. Pero, al mismo tiempo, es obvio que resulta imperativo terminar con ella. Habrá que asumir las responsabilidades que sean pertinentes, incluida la dimisión del ministro. Habrá que depurar las actuaciones internas que sean necesarias. Habrá que exigirle a los guionistas más imaginación y responsabilidad. Pero no podemos continuar convirtiendo en delincuentes a quienes nos protegen de ellos.

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