Opinión

Manuel Espinosa

Algo más que un cuento de Navidad

03 de enero 2026 - 03:07

El corazón se me encogió cuando vi su nombre iluminando la pantalla del móvil. Aquel viejo amigo —muerto hace ya un tiempo— parecía enviarme un mensaje desde alguna esquina del más allá. El mensaje del wasap era lacónico, casi telegráfico, pero lleno de emoción :“Paz, salud y esperanza”. Tres palabras sencillas. Tres destellos en la oscuridad del móvil. Me quedé helado. ¿Sería una broma, una coincidencia? Tal vez alguien heredó su número y quiso desearme felices fiestas, sin saber que habitaba con un número fantasma.

Pero algo en mí quiso creerlo. Aquella voz silenciosa que le sobrevive al tiempo, el eco de su risa en las sobremesas, me susurraba que era él.—Eres tú, ¿verdad? —murmuré al aire, como quien habla con un sueño. Recordé entonces su manera de desarmar la tristeza con una sonrisa, su fe tranquila en los buenos días por venir. Tal vez su familia, con el corazón afligido, quiso dar vida de nuevo a su recuerdo. Quizá los vivos, a veces, necesitamos resucitar a los nuestros para sobrellevar diciembre. Qué hermoso sería, pensé, poder hablar con todos los que se fueron. Mandarles un mensaje, una foto, un simple “cómo estás” y que respondieran con un guiño de eternidad.

Salí del teléfono y el mundo volvió a su ruido habitual: los titulares del periódico digital, los correos sin alma, los mensajes urgentes de los vivos. Pero dentro de mí persistía su última frase, como una campanilla que no cesa de resonar: Paz, salud y esperanza. Me quedé mirando el horizonte por la ventana. La noche olía a frío y el año nuevo despuntaba. Quizás esa era la resurrección: el recuerdo que se enciende cada diciembre, cuando la nostalgia se mezcla con las luces y los recuerdos vuelven por un instante a la mesa. O tal vez haya otra, la verdadera, la que habita en la supraconciencia y que nos hace ser inmortales.

La que aprendimos en los catecismos y en el ejemplo de nuestros abuelos. La que nos manda otros mensajes que no se ven en los móviles. Gracias, amigo —dije al silencio—. Supiste mandarme el mensaje justo en el momento preciso. Y por primera vez en mucho tiempo, creí que sí, que hay esperanza. Y que los que se fueron, de algún modo, siempre viven y regresan. Sobre todo en Navidad.

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