Resistiendo
Andrés García Ibáñez
Zuloaga y George Fearing
Me cuentan que en la jerga del protocolo y los servicios de seguridad se utiliza la palabra desencochar para referirse a la acción de dejar en tierra al pasajero. Y que el punto de desencoche suele ser una decisión bastante meditada, sobre todo si se trata, como en esta historia, del presidente del Gobierno. El lunes pasado Pedro Sánchez anunció su visita a Huétor Tájar, uno de los municipios más afectados por las últimas borrascas. Y técnicamente lo hizo, estuvo en su término municipal, con el pueblo a la vista, mientras le enseñaban los campos inundados. Pero no se acercó a sus calles, ni a sus casas, donde a esas horas todavía se sacaba el barro como se podía; ni saludó a su gente, una gente que ha dado el voto mayoritario al PSOE desde 1987 –antes de eso gobernó el Partido Comunista–.
Los que quisieron dejar las palas y los cepillos para ver a su presidente tuvieron que conformarse con avistarlo desde una valla habilitada a la salida del pueblo, a unos 200 metros del punto de la carretera elegido para el paseo de Pedro Sánchez. Allí le esperaban las autoridades y un grupo seleccionado de agricultores con los que pudo analizar el desastre. Al otro lado del puente, en la valla, el enfado de la gente era notable y llegó a haber algunos insultos vociferados, pero la mayor parte del pueblo siguió a lo suyo y ni se enteró de la ilustre visita.
Sánchez no pudo escuchar a los hueteños más que por la boca de su alcalde, el socialista Fernando Delgado, que hizo lo que correspondía, pedir y pedir. La foto y la retransmisión en directo por el canal de Moncloa estuvo bien, rodeado de campos anegados y con el pueblo al fondo. Es evidente que todo político busca una buena imagen durante sus visitas, pero también debería perseguir el contacto directo. El presidente venía esa mañana de la calle Ferraz, donde se reunió con la dirección socialista para analizar el descalabro electoral de Aragón y donde debieron de haberse preguntado qué está pasando en su partido. ¿De dónde viene la desafección popular?
De Granada se marchó a Jaén y aquella tarde sí tuvo un baño de gente, que fue cálido y respetuoso, como suele ser el personal con sus políticos, aunque no les gusten del todo ni a todos. Al parecer alguien discurrió en el almuerzo –con el primer análisis mediático de Huétor Tájar– que el presidente debía desencochar en un lugar donde el protocolo desaparece y la realidad se palpa.
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