Dime la verdad

23 de enero 2026 - 03:06

Cuando no se da por presupuesta la verdad, o se duda de su afirmación, suele pedirse, o requerirse, que se manifieste tal cual es. La razón de ocultarla, sin embargo, no tiene por qué deberse a una treta falsaria a fin de engañar y sacar partido de ello, sino a un propósito, si se quiere, hasta bondadoso: atenuar o evitar el desasosiego, el infortunio o la adversidad con que no pocas veces las verdades se acompañan. Y quien pide conocer la verdad tampoco formula, en todo caso, esa interpelación por razón de la desconfianza, sino ante la turbadora intranquilidad de no saber lo cierto por razón de sus efectos.

Estas maneras de administrar la verdad están cerca de las cualidades de la sinceridad, toda vez que esta se aparta de cualquier forma más o menos disculpable del fingimiento. Ahora bien, unas son las formas con que la sinceridad transmite las verdades, sostenida en una honesta claridad, a sabiendas del impacto de las emociones, y asistida por la prudencia del tacto, y otras maneras son propias de la sinceridad practicada sin temple, con una comunicación que resulta agresiva, aunque no lo pretenda, y genera los conflictos debidos a la crudeza. Por eso, con expresión acaso oportuna u ocurrente, como neologismo, esta forma de manifestarse la sinceridad se denomina “sincericidio” y quienes lo cometen, en lugar de sinceros, son “sincericidas”. Tal comportamiento no ha de ser necesariamente malintencionado, sino por dificultades, precisamente, para adaptarse a las emociones ajenas -algo parecido a la empatía-; o por atribuir una prevalencia absoluta a la verdad descarnada, sin reparar en la forma de decirla; o por confundir la honestidad con la severidad.

La interpelación sobre la verdad –“dime la verdad”- tiene un proceder alternativo cuando el interlocutor no es otro que uno mismo. Entonces, la recomendación de los sabios de Grecia –“Conócete a ti mismo”- se invierte –“Engáñate a ti mismo”-, pues cuesta aceptar el escrutinio y el resultado del conocerse y prefiere no darse por verdadero o cierto cuanto ayuda poco a ser cómo se desea. De suerte que, si confluyen el autoengaño y el “sincericidio”, cuando no se dice uno su propia verdad y recibe del otro una verdad despiadada, ni siquiera queda ese virtuoso término medio que lleva a manifestar la verdad sin fingimientos falaces ni agresivas evidencias.

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