Ciavieja
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Una neumonía me ha llevado a visitar centros de salud y servicios de urgencias durante estas dos últimas semanas. Y este pequeño trabajo de campo me ha permitido hacer un descubrimiento interesante: en salas de espera, en vestíbulos, en ambulatorios, nadie habla de política. Repito, nadie. No he oído ni un comentario, ni una alusión, ni una broma: nada de nada. Pero lo curioso es que esta atonía política contradice el griterío que se percibe todos los días en la televisión y en las radios y en las redes sociales. Si escuchamos la radio, si vemos la televisión, el histerismo ideológico y la virulencia política campan a sus anchas. Pero, en cambio, nadie habla de política cuando está esperando que su número salga en la pantalla que le va a llevar a la sala de radiografías o a la consulta 3 de urgencias. A simple vista, las salas de espera de los centros de salud, donde uno está sometido a largas sesiones de tedio y de nerviosismo y de agitación mental, son lugares proclives al alboroto ideológico, sobre todo en estos tiempos de máxima polarización y de política de trincheras. Y si la crispación que se vive en los programas televisivos y en las redes sociales tuviera su correlato en la vida diaria de la gente, los enfermos y los médicos discutirían a gritos y la gente se pelearía en las salas de espera acusándose de franquista o de comunista o de racista.
Pero nada de eso es así. La política más virulenta, de momento, no nos ha contagiado. O si lo ha hecho, las consecuencias todavía no son visibles en el día a día. Suerte que tenemos.
De todos modos, la tranquilidad cotidiana puede saltar por los aires en cualquier momento, ya que nada garantiza la convivencia cuando las cosas se ponen feas. Estados Unidos está viviendo momentos pre-bélicos (basta pensar en lo que está ocurriendo en Minnesota), y lo mismo podría decirse de lo que está ocurriendo en determinadas ciudades de Francia (en Marsella o Montpellier o la banlieue de París) o en muchas ciudades de Gran Bretaña donde se masca un enfrentamiento civil. Lo digo porque el discurso incendiario de determinados políticos acaba teniendo las consecuencias más inesperadas si de pronto una de las frágiles piezas del sistema se viene abajo. Y entonces, sí, es cuando ocurre lo que nadie se había imaginado.
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