En tránsito
Eduardo Jordá
Mon petit amour
Guarros en la época musulmana fue un pequeño pueblo de la taha de Andarax. Después de la rebelión de los moriscos de 1568 Guarros quedó incorporado a Alcolea, pero unos años después los Rodríguez-Chacón, familia muy importante de la zona y prácticamente los dueños de Paterna, Íniza y Guarros, consiguieron que este pequeño poblado de 22 vecinos, quedase incorporado a Paterna. Es cierto que esta familia prestó un gran servicio a España, creando y manteniendo a su costa un regimiento de Caballería de costa, por cuyo motivo el Rey Felipe V el 30 de junio de 1730 concedió el título de Marqués de Íniza y Guarros a D. Francisco Rodríguez-Chacón y González para él y sus descendientes y regidor permanente de Paterna. Guarros, que no tiene nada que ver con el cerdo y menos en la época musulmana donde el “jalufo” no se podía ni nombrar, fue un poblado que nació junto a un río (Guad) desconociéndose el significado de “ros”, que bien pudo ser un nombre propio, accidente geográfico o cualquier otra referencia; el caso es que en la década de los 60 del pasado siglo a Don Ángel, el párroco de Alcolea, no le gustó el nombre y lo cambió por el de Santiago. Más de medio siglo después le seguimos llamando Guarros, aunque en algunos mapas aparezca el balneario como Baños de Santiago. Guarros y su entorno en los años de mi niñez era un lugar de ensueño; las casitas estaban situadas a ambos lados del río, que era la arteria principal del valle. Eran casas de planta baja, sin agua, sin luz y sin ningún mueble, pero allí nos instalábamos una familia completa con los únicos muebles y enseres que se podían transportar en un solo viaje a lomos de una pareja de mulos, caminando río arriba desde Alcolea, que era el pueblo más cercano, hasta el que llegaba una carretera. Ya el viaje en sí era una gozada para los niños, caminando al principio por el lecho seco del río entre frondosas alamedas y zarzas cargadas de moras, bayas que desde pequeños habíamos aprendido a coger con destreza, evitando los pinchazos. A medio camino aparecían las primeras charcas de agua y poco después el agua cristalina empezaba a correr de forma caprichosa entre tejas y rocas pulidas por la erosión; los niños siempre buscábamos el sitio más peligroso para cruzar el río y desde luego a Guarros llegábamos con las alpargatas mojadas y los pies frescos. La llegada a Guarros era una fiesta, porque enseguida conectábamos con los niños que eran amigos de años anteriores, que procedían principalmente de Berja, Adra y Alhama. En aquellos años en Guarros había unas 60 casitas para alquilar, agrupadas en pequeños barrios: la Placeta de Cervantes, el Parral un poco en alto, la Baranda, los Baños y la Calle Real. El centro natural de reunión era la zona de los baños donde estaba también la cantina y la carnicería. Realmente una familia de gitanos alegres y polifacéticos eran los protagonistas del verano. Por las mañanas mataban un choto o cordero y hacían de carniceros. El resto del día eran canasteros. Trabajaban la caña, mimbre y palaínes de forma magistral, metidos todo el día en el agua del río para que estos materiales fuesen más flexibles. Eran auténticos artistas fabricando canastos y cestos de todos los tamaños. Por la noche se organizaban bailes y el que tocaba la bandurria era el gitano joven, que a veces cantaba, cuyo nombre ya he olvidado. El baile se hacía bajo un chambao de cañas y unas acacias, con la luz de dos candiles y la ayuda de la luna cuando había. No hacía falta nada más para divertirse. Por las mañana nos bañábamos hombres y mujeres en dos piscinas separadas de aguas sulfurosas extraordinarias para la curación de todo tipo de manchas, eccemas y otras patologías de la piel. En este balneario humilde y poco conocido, hay tres tipos de aguas medicinales, además del agua normal. Agua agria o ferruginosa, agua del baño sulfurosa y dos manantiales de agua gaseosa. La escusa para pasar una temporada en Guarros era que el agua agria “abría las ganas de comer”. Cada día íbamos dos veces a la fuente del agua agria, que estaba a unos 10 minutos de camino río arriba, una a primera hora de la mañana y otra por la tarde, que era la más concurrida. La verdad es que después de beber dos vasos de aquella agua nos entraban unas ganas de comer tremendas y en pocos minutos dábamos buena cuenta del bocadillo que llevábamos. Por la tarde, además del bocadillo llevábamos un cartucho lleno de garbanzos tostados o simplemente un bolsillo lleno. Los garbanzos tostados los hacía diariamente Miguel el “Garbancero” y luego nos los cambiaba por garbanzos crudos en la misma cantidad de volumen; normalmente cambiábamos medio cuartillo. Aquel trueque no lo entendíamos mucho y es que los garbanzos antes de tostarlos los tenía en agua varias horas y naturalmente se hinchaban y este aumento de volumen era su ganancia. Hoy ese margen comercial sería ridículo y ruinoso.
Allí los niños aprendíamos a subir a los árboles, a comer moras no solamente de zarzal, sino de árbol de los que aún quedaban algunos ejemplares, como recuerdo de la importancia que tuvo la cría de gusanos de seda en esta zona hasta el siglo XX. En Alcolea conocí a Esteban el “Felipico” posiblemente el último criador de gusanos de toda La Alpujarra, que acabó con la tradición centenaria a principio de los 50 del pasado siglo.
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