Tribuna

José Luis López Bretones

Evocación de Emilio Barón

El crítico literario y poeta José Luis López Bretones ofrece una visión cercana de la obra y la vida del profesor Emilio Barón, recientemente fallecido

07 de marzo 2026 - 07:56

Alto y serio, poco dado a expansiones afectuosas o regocijadas, pero bien pertrechado para la ironía ‒y aún más para el sarcasmo‒, avanzaba a trancas apoyándose muy tieso en un bastón que parecía formar parte de su anatomía e incluso de su personalidad, y que lo elegantizaba hasta saber extraer del defecto provechosa virtud. A veces era incluso posible adivinarlo razonablemente feliz en su pequeño apartamento de Retamar, que él había idealizado en algunos poemas convirtiéndolo en estudio frente al mar o casa junto al Cabo, cuando en realidad estaba incrustado en la primera planta de un viejo edificio vacacional cuya terraza daba a una calle con una pizzería enfrente; la cinta del mar tan sólo se contemplaba muy al fondo. Tiempo después sí que lo tuvo al alcance de la mano desde su balcón en un aislado edificio de la pedregosa playa de El Palmer, donde lo visité una vez cuando estaba recién instalado allí. Por la noche aquel paraje resultaba algo lóbrego y ciertamente propicio para las evoluciones de las parejas furtivas y otro tipo de equívocas clandestinidades.

Pero ahora que hace pocos días que Emilio Barón ha muerto de manera silenciosa, lo recuerdo sobre todo en su refugio de Retamar, mediados los años 90, adonde íbamos con alguna frecuencia Ramón Crespo y yo en busca de un rato de gratificante conversación de la cual no estaban excluidas las discrepancias pero tampoco la puesta en común de nuestras respectivas incursiones literarias. Por aquel entonces él ya había regresado de Canadá, en donde se había doctorado y enseñado Literatura Española e Hispanoamericana en las universidades de Toronto, Waterloo y Queen’s, y se estaba aclimatando a su puesto como profesor de Literatura Inglesa en la Universidad de Almería. De esos días conservo varios poemarios suyos que me regaló y otros que fui adquiriendo por mi cuenta. Tampoco olvido que fue él quien me indujo a publicar algunos de mis primeros trabajos críticos y de traducción en algunos de los volúmenes colectivos que coordinó en la UAL.

Notable fue por cierto su labor académica, que dio como frutos sus muy estimables artículos y ensayos sobre Cernuda, Eliot, Baudelaire, Manuel Machado, Gil de Biedma y otros autores que dibujaban el rastro de sus preferencias literarias y lo incardinaban dentro de una estirpe que, en lo que hace a la poesía española contemporánea, contaba con compañeros como Fernando Ortiz, Javier Salvago o Juan Lamillar: una especie de “sevillanía” poética nada barroca en la que se encontraba generacionalmente muy a gusto. Su obra en prosa, acaso menos conocida, se vertió también en relatos y novelas, de las que su última entrega fue la titulada “Alma de veleta” (2022).

EB 1
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Pero Emilio Barón fue sobre todo un poeta. Era la suya una poesía escueta, acendrada, exenta de todo lo que no es poesía, hasta tal punto que en algunas ocasiones llegaba al extremo de rozar los peligros de la propia inexistencia a fuerza de dejarla en los puros huesos. Pero el resultado era con frecuencia satisfactorio y emergía siempre de un conocimiento minucioso de la tradición, de una exigente labor de depuración y de un fondo de soledad vocacional mezclada de reiteradas maniobras de la memoria. Con todos esos fermentos conducía su escritura hacia un territorio donde los amores difíciles, el natal paisaje mediterráneo, el paso contumaz del tiempo y las íntimas renuncias la proveían de un carácter intensamente elegíaco que contrastaba con la parquedad de los recursos estilísticos utilizados. Y en esto estriban quizá sus mayores valores: que con tan escuetos materiales, con un léxico quintaesenciado, con unas asonancias y una musicalidad tan leves fuese capaz de proveer al lector de una genuina emoción que lo hacía asentir con las verdades profundas de la vida: “La enfermedad, el desamor, / la hiel de ciertas tardes / son ‒como bien sabemos‒ / inevitables”, dice en “Tarde de verano”, uno de los poemas que prefiero.

Desde sus primeros libros, cuando su autor no había abandonado aún la juventud, estaba ya prácticamente asentada su personalidad poética. Ya entonces parecía que estábamos leyendo a un autor entrado en años, resignado a ciertas enseñanzas de la vida, nostálgico y avejentado, un poco de vuelta ya de todo. Y si esta actitud, en los años juveniles, tal vez respondiese a una voluntad por construirse un personaje literario, lo cierto es que se fue acentuando con los años y los libros venideros, y las equivalencias entre lo vivido y lo contado íbanse haciendo más intensas y verosímiles.

“Ser poeta no es una ambición mía, es mi manera de estar solo”, escribió Pessoa. Y esa soledad que aparecía en el título de varios de los libros de Emilio Barón llegó a constituirse casi en un emblema propio: “solus poetaque nascitur”, el poeta nace solo. En su poema “Inscripción”, donde figura ese verso latino, escrito a la manera de epitafio, añadió: “Aquí yace Emilio Barón (…) / Caminante, pasa de largo, / y deprisa, sin evocarlo”. Tantos años después quiero contravenirlo y evocar aquí no sólo a uno de mis primeros maestros almerienses, sino también el tiempo lejano de nuestra juventud.

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