En tránsito
Eduardo Jordá
Vivienda
El robo ocurrido en el museo parisino del Louvre suscita una serie de reflexiones sobre la vida cotidiana, y el estado del pensamiento vigente en nuestra sociedad, proyectado en el funcionamiento de empresas e instituciones públicas.
Se ha producido una sustracción de joyas de valor histórico, sin dificultad alguna, en medio de la confusión, desidia e inacción de viandantes y miembros encargados de la seguridad del museo. Ha sucedido en París, como podría haber sucedido en cualquier otro lugar.
Es un rasgo común en las sociedades, sobre todo en aquellas soportadas en el confort y abundancia, la presencia de una sensación de confianza. El nunca pasa nada es la nota común más repetida.
La rutina impone su tedio, la repetición amodorrada de procesos, acciones, burocracias, y actividades, se suceden iguales, en ese clima tranquilo. En este ambiente, pensar en el accidente, perturbación imprevista, o agresión, es producto de mentes recelosas y pesimistas. Todo está asentado en la comodidad presente, pensamiento y actitud ciudadana. Se supone que existen encargados de realizar las tareas restauradoras del orden establecido, por lo que el ciudadano no se siente obligado a exceder el papel que sus funciones le atribuyen. La iniciativa propia escasea.
A todo lo anterior se añade una falta de coordinación efectiva, ausencia de responsables que decidan qué hacer y cuando, o cómo, aplicar el protocolo correspondiente. Por lo que en el ejercicio del trabajo encomendado, cada uno se centra en reproducir las funciones cotidianas que tiene encomendadas. Salvo que algún trabajador, con iniciativa, aplique el protocolo relacionado con el suceso que altera la normalidad, los cuales son farragosos, extensos y basados en una experiencia teórica, y escasamente aplicados en casos reales. No existe una verificación regular de la calidad, ni de su aplicación real, de los planes establecidos, por parte de los niveles laborales superiores. Se percibe una sensación de ausencia de responsabilidad individual, pues todo está sujeto a la decisión extraordinaria del “jefe” de turno.
Existe una pereza mental establecida, una imprevisión amplia, sobre los acontecimientos futuros, imaginando que se vive en una realidad estable, mas ésta encierra una cara caprichosa.
Las consideraciones aquí expuestas son extensibles a todos los ámbitos de la vida, siendo fácil de observarlas en ejemplos de nuestro entorno cotidiano.
También te puede interesar
En tránsito
Eduardo Jordá
Vivienda
Relojes de Arena
Víctor Pérez Castro
Reloj de ceniza
Reflejos
Francisco Bautista Toledo
Okupas
Paisaje urbano
Eduardo Osborne
Pregonar la discordia