Fénix

10 de marzo 2026 - 03:07

En su espléndido Viaje a Irán recordaba el añorado José Tudela, lúcido estudioso del derecho y fino coleccionista de libros y de instantes, el modo conmovedor en que el pueblo iranio venera a sus poetas, cuyas tumbas son santuarios en los que se congregan peregrinos de todas las edades. Es sabido que Steiner cifró uno de los fundamentos de la idea de Europa en la disposición de las naciones que la conforman a construir una trama de recuerdos con la que los ciudadanos rinden homenaje a los pensadores, científicos y artistas, pero esta noble forma de memoria histórica no es exclusiva del continente. Tres veces milenaria, si tomamos como inicio de su civilización la llegada de las tribus indoiranias de las que nacería, unos cinco siglos después, el formidable imperio aqueménida, la vieja Persia ocupa un lugar especial en el mundo islámico donde su cultura, aun comprendiéndola, va mucho más allá de la tradición coránica. En su visita a un país menos monolítico de lo que creen los occidentales, hoy doblemente victimizado por la tiranía del siniestro clero de la Revolución –ayer supimos que el asesinado líder de la teocracia ha sido sucedido por su hijo, buen ejemplo de casta para los cabalgadores de contradicciones– y los bombardeos masivos de Estados Unidos e Israel, Tudela se dio cuenta de que la poesía, para los iraníes, era algo más que un género literario, no un pasatiempo de las élites sino una devoción verdaderamente popular, extendida entre quienes acuden a los sepulcros de los poetas clásicos y recitan con orgullo sus versos. La antiquísima Shiraz, ciudad de las rosas y las luciérnagas, cuna de Hafez y Saadi y lugar donde se erigen sus tumbas, convertidas en espacios de encuentro y celebración, simboliza esa devoción que seguirá existiendo cuando de los ayatolás no quede ni el recuerdo. A mediados de los cincuenta, nuestro Rafael Cansinos Assens preparó una hermosa Antología de poetas persas que explica muy bien el camino que va desde el Zend-Avesta, la gran obra colectiva de las generaciones que llamamos Zoroastro, a los maestros citados u otros como el también astrónomo y matemático Omar Jayam, un sabio escéptico y hedonista que no debe de ser muy apreciado por los fanáticos integristas. Pueblo fénix, lo llama Cansinos, varias veces renacido de sus cenizas. Ojalá en su próxima reencarnación, la antigua llama de los persas brille sin inquisidores, como deseaba Tudela, para una comunidad de hombres y mujeres libres.

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