En tránsito
Eduardo Jordá
Vivienda
Enero y febrero son los meses en el que el invierno muestra toda su crudeza, cuando el frío cubre los campos, ateridos, desnudos del esplendor de vida, espacios silentes bajo un ambiente cristalino.
Desde épocas remotas la Humanidad percibe el ciclo de las estaciones, siendo su presencia irregular y caprichosa. Para contrarrestar la fuerza del invierno los pueblos invocaban la venida del triunfo luminoso, alentando el crecimiento solar. Fogatas, estruendos y sacrificios, servían de medio para conseguir el advenimiento pleno de la primavera.
En la cultura romana, febrero era el mes de la purificación, periodo de catarsis y expiación. En ese mes celebraban previamente las fiestas Lupercales, símbolo de nacimiento y vida, llamada al triunfo gozoso de la luz. Se cantaba a la vida y al amor, se ofrecían sacrificios, se realizaban comidas, orgías, y se santificaban animales. Era característico en estas festividades la presencia de sacerdotes, lupercales, que con unas tiras de cuero iban rozando a los presentes, especialmente a las mujeres, pues su contacto significaba una posibilidad de fecundidad. Hasta Julio César solicitó a unos de estos disciplinantes que diera con su tira a su esposa, para que pudiera ser fértil. Estas costumbres, con el cristianismo, cayeron en el olvido, pero no del todo.
La celebración de las cosechas, la llamada al retorno solar, la lucha contra las tinieblas, se iniciaba en enero, prolongándose hasta mediados de febrero, fecha en la cual se superaba el meridiano invernal, coincidiendo éstas con el 14 de febrero, día de san Valentín, que coincide con las lupercales. Si nos fijamos en los días que transcurren entre esta fecha y el 25 de marzo, inicio del año antiguo, vemos que suman cuarenta días, a partir del cual comenzaban las ceremonias primaverales. En el cristianismo casi coincide con el periodo de cuaresma, al igual que el carnaval con los días previos.
Pero centrándonos en enero, vemos la proliferación de festejos en los que el fuego, cohetes y bengalas, son frecuentes. Fiestas de san Antón o san Sebastián están extendidas en muchos puntos de España. Hay un caso curioso en un pueblo de Jaén, Arquillos. En san Antón, existe la figura del demonio Pelotero, personaje que va sacudiendo con pelotas de lana, sujetas con un lazo a un palo, a los presentes, que recuerda las fiestas antiguas.
Si nos fijamos en las festividades, sus formas y sentido cambian con el tiempo, mas su presencia permanece.
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