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Mientras que el vocablo “caridad” ha caído en desuso, uno de sus antónimos, “edadismo” ha ido en aumento. El “edadismo” no es únicamente un conjunto de prejuicios contra las personas ancianas, muy mayores (por desgracia, juzgadas como muy molestas), sino una de las múltiples caras que el racismo puede mostrar. De hecho, ese odio manifiesto hacia los miembros de la “cuarta edad” (ya muy mayores) se manifiesta con algunos de sus mecanismos más característicos: exabruptos, menosprecios, indiferencias y, con mucha frecuencia, incluso, malos tratos psicológicos, esos que resultan tan difíciles de demostrar, denunciar y penalizar…
No todos los ancianos fueron santos, pero casi todos lo dieron todo por los suyos y por la sociedad en la que vivieron. Y no es de recibo darles la espalda en su última etapa, en sus últimos meses de vida, en la fragilidad. Porque la sanación verdadera de tanto vómito prejuicio nace de dos vocablos: justicia o, mejor aún, caridad.
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