En tránsito
Eduardo Jordá
Mon petit amour
Por el titular ya habrá deducido, amigo lector, que no voy a hablar de la primera acepción de la palabra golfo. Me voy a referir a la segunda que reconoce el Diccionario de la Real Academia Española: deshonesto, sinvergüenza, granuja, vividor… Permítame que omita sus nombres. Estamos hartos de oírlos en los informativos de los medios hablados y televisivos y leídos en la prensa diaria. Estos golfos vuelven recurrentemente a ser protagonistas de la actualidad, a nivel nacional y regional. Se trata de personajes carentes de ideología política algunos y otros son militantes de los partidos nacionales, cuyo único objetivo es enriquecerse lo más posible en el menor tiempo posible, y para ello se “arriman” al partido que las circunstancias les pongan más a tiro. Eso sí, partido con influencia suficiente como para alcanzar su objetivo de conseguir la ansiada mordida/as. Es por ello que todos los partidos son susceptibles de ser colonizados por los golfos, y de facto, lo son. Así lo vemos. Otra vía de acceso del golfo a los bienes públicos es a través del funcionariado, prevaliéndose de su condición, pero una ínfima minoría no empaña el buen hacer y la decencia de la inmensa mayoría.
Los golfos son osados por naturaleza, y en su escalada, cual rémora a la sombra del pez grande, aceptarán cualquier función o responsabilidad, aunque carezca de la mínima cualificación o conocimiento para desempeñar el mismo. Esa osadía, y la cercanía al poder, son las causas de que se sientan invulnerables, plenamente convencidos de que sus fechorías quedarán impunes, y por ello son capaces de llegar a acumular en sus rapiñas cantidades exorbitantes de dinero, sin plantearse cesar en sus saqueos, aunque el botín acumulado mediante las mordidas, comisiones y “beneficios” les depara varias generaciones. Poseen una conciencia ancha, que les permite amasar fortuna a costa, incluso, de la vida o el sufrimiento de otros.
El talón de Aquiles de los golfos es la ostentación. Mansiones, chalets de lujo, coches alta gama y fiestas por todo lo alto acaban siendo su perdición, y hay una trilogía común en sus hábitos de nuevos ricos indecentes: mariscadas, prostitutas de lujo y cocaína.
El acabar con los golfos es tarea de toda la sociedad. El compromiso de la ciudadanía de bien, que somos el resto, con la política regeneraría la misma y cerraría el paso a estos canallas.
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