¿Qué eh lo que eh?
José Antonio Hernández
Urnas con síntomas de agonía
El pasado jueves, en el funeral de la dignidad celebrado en Huelva en memoria de las víctimas de la tragedia ferroviaria de Adamuz, se erguía una nueva figura como referente a tener en cuenta por millones de ciudadanos. En medio de la desgracia, ya habíamos descubierto a Julio Rodríguez, como tantos otros vecinos del pueblo cordobés, ayudando a los heridos como si les fuera la vida en ello. Pudimos conocer también a Fidel Sáenz, gritando a los cuatro vientos que Huelva no podría conformarse con un funeral laico o lo que sea que fuera aquello que se quisiera hacer desde el Gobierno. Y en el funeral religioso, el que las víctimas han acogido como el de verdad, emergió como un titán la figura de Liliana Sáenz.
Fue el viernes cuando corrió como la pólvora, de móvil en móvil, el emocionado discurso de esta auténtica señora en el funeral en el que, de una u otra forma, todos nos hicimos presentes. Con serenidad inexplicable, con firmeza atronadora y con la dignidad que le otorga el hecho de ser hija de una mujer que perdió la vida en aquel maldito tren, Liliana tomó la palabra para pedir que se esclarezca la verdad; para, con un tacto y una elegancia muy especiales, definir a unos y otros ante la tragedia; para recordar —como ya había hecho su hermano anteriormente en televisión— que Huelva es tierra católica y, especialmente, mariana. En su intervención, que tan claramente bebía de las ricas y poco transitadas aguas del pregón cofrade, había fe, dolor, emoción y verdad.
Y es que en la verdad está la clave de unas palabras que sonaron y resonarán entre quienes han sentido en sus carnes todo lo acontecido en los últimos días. Porque esa serenidad no tiene mayor explicación que una fe verdaderamente enraizada en el corazón de Liliana, en el recuerdo de su madre, en la mano de su hermano. Y, hablando de todo un poco, qué ejemplos de fe encontramos a veces cuando damos voz a los laicos, que no todo el conocimiento y las vivencias viven en la jerarquía. Que no le discuto yo su sitio —Dios me libre—, pero que está bien escuchar a los demás, dejarles un rato el micrófono, bañarse en la fuente de las experiencias y las emociones que Dios y María saben labrar en los corazones que se les abren desde la sencillez. Porque siempre decimos que Dios lo sabe todo… pero, ay, quien sabe de esto como nadie es su madre. Se llame de la Cinta, del Rocío o del Mar.
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