Luis Paltré en el MUREC

19 de febrero 2026 - 03:08

Recuerdo que fue Antonio López el primero en hablarme de Luis Paltré, pintor cordobés de silenciosa y sabia producción, alejado de todos los ámbitos de influencia artística y vorágines de lo contemporáneo, apartado voluntariamente en su Cabra natal, compaginando la enseñanza del dibujo en Secundaria con su discreta y febril dedicación pictórica. De vez en cuando aparecía el regalo de alguna de sus obras de empeño en algún concurso de pintura, y siempre procurábamos otorgarle el premio, pues su trabajo se destacaba muy por encima de la tónica general, como el que descubre un tesoro deslumbrador, escondido entre un amasijo de aburrimientos previsibles. Paltré ha permanecido callado durante décadas, al menos en el territorio de la exhibición pública de importancia; entregado disciplinadamente a la soledad de su trabajo, con el amor por la pintura que sólo son reconocibles en aquellos autores escogidos, transeúntes de la verdad, repelentes de la impostura. Esta exposición es, acaso, una primera puesta de largo que permitirá a los pintores de oficio y a la sociedad en general amante del arte auténtico, el descubrimiento de un autor de referencia dentro del Realismo Andaluz contemporáneo. Su mundo pictórico hunde sus raíces en lo italiano primitivo y en las vanguardias figurativas nacidas en el periodo de entreguerras, años veinte y treinta del pasado siglo, que han dado en llamarse “La vuelta al orden” y que aglutinaron a una rica variedad de autores de extraordinaria calidad en varios países europeos. Los mayores logros de Luis quizá estén en sus grandes bodegones interiores, donde los objetos tienen la misma presencia e importancia que el resto de elementos arquitectónicos que los rodean, como mesas, paredes, resto de muebles de la estancia, puertas o ventanas. Aunque algunos cuerpos sólidos y volumétricos conformen el motivo central u objeto, el resto tienen el mismo valor compositivo y definen con idéntica importancia la perfección de un edificio estético muy bien construido, muy meditado y saboreado. En ocasiones sucede a la inversa, dedicando el pintor más presencia central a las aristas y líneas edilicias, y alejando los pequeños objetos a un segundo plano; son la mayoría de las veces auténticos tours de force compositivos. En todos los casos se le puede emparentar con lo italiano más estéticamente sofisticado, con autores como Casorati o Morandi, que con lo más genuinamente español, por lo general mucho más parco. Ello, qué duda cabe, le otorga una severidad clasicista e intemporal.

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