David Uclés
Hoteles sostenibles
El pasado fin de semana, en mi ruta habitual por el Parque Natural Cabo de Gata–Níjar, la icónica playa de Mónsul me recibió con un tapiz inusual. Sobre la arena y los claros del matorral litoral se extendía un manto blanco continuo que no era nieve o granizo, sino miles de flores abiertas a ras de suelo. Se trata de uno de los fenómenos más singulares y bellos del invierno mediterráneo: la floración masiva del llamado azafrán del Cabo (Androcymbium europeaeum, tratado hoy por algunos autores como Colchicum europaeum), también conocido como azafrán de Almería, hierba de la Virgen o lirio.
Conviene subrayar una aclaración culinaria y sanitaria. Este azafrán no es el azafrán especia (Crocus sativus), y no debe recolectarse ni consumirse. Es una especie vulnerable y, además, contiene colchicina, un alcaloide tóxico que la protege frente a herbívoros silvestres. La belleza no es sinónimo de inocuidad, y esa ambivalencia debería fortalecer la actitud de respeto, especialmente cuando se visita un espacio protegido, donde la prudencia es parte de la buena observación naturalista.
¿Por qué florece ahora? Mientras la mayoría de la flora duerme, el azafrán del Cabo despliega una estrategia de supervivencia fascinante. Al florecer en pleno invierno, evita la competencia por los polinizadores en primavera, les ayuda también a sobrevivir ahora. Sus flores, aprovechan las lluvias invernales para completar su ciclo vital antes de que el sol abrasador del verano almeriense se instale. Es una carrera contra el tiempo y el calor.
La semana pasada hablaba en esta columna sobre el turismo responsable y la importancia de la desestacionalización. El azafrán del Cabo es el embajador perfecto para esta idea. Nos invita a una cultura de visita basada en la observación informada, el respeto a los itinerarios (su mayor amenaza es el pisoteo) y la aceptación de lo efímero como valor.
Su valor patrimonial y conservacionista es indiscutible. El azafrán del Cabo figura en los catálogos oficiales de flora protegida. Que su máxima expresión ocurra en pleno invierno es, además de un regalo estético de belleza efímera, un recordatorio de que la función ecológica no cierra por temporada. Cabo de Gata cambia de protagonistas en invierno, y esta escena delicada, breve y puramente mediterránea, nos convoca a disfrutar de su belleza sin dejar huella.
También te puede interesar
David Uclés
Hoteles sostenibles
OPINIÓN
La banalización del autoritarismo
La Rayuela
Lola Quero
Heredero de 1981
Alto y claro
José Antonio Carrizosa
La Transición cutre y casposa
Lo último