OPINIÓN
La banalización del autoritarismo
En 2026 ha comenzado dejándonos imágenes demasiado preocupantes, pero pocas tan aterradoras como las de las muertes de dos ciudadanos corrientes a manos de un cuerpo policial al que no le hizo falta un contexto excepcional de golpe de Estado, ni de suspensión formal de derechos, para actuar con letalidad. Lo que lo hizo posible fue algo más sutil y, por ello, más peligroso: la expansión del poder coercitivo normalizada por el lenguaje e impulsada por el deterioro de la libertad de prensa y la falta de reacción social temprana.
Sepamos que hoy apenas una cuarta parte de la población mundial vive bajo sistemas que pueden considerarse democracias plenas; el resto habita regímenes híbridos o directamente autoritarios. Y este significativo retroceso, ocurrido en menos de dos décadas, no es solo institucional; es cultural. Recordemos, por ejemplo, como el tándem formado por Thatcher y Reagan fue extraordinariamente eficaz en desmontar uno de los sustentos de las democracias avanzadas: la fraternidad. Sustituyeron muy hábilmente lo colectivo por lo individual, debilitando con ello los movimientos sindicales, las políticas públicas y el Estado social y erosionando la idea misma de la solidaridad como valor social y político.
Y así, hoy las consecuencias de ese cambio cultural son ya muy visibles en muchos países occidentales: sociedades sin vínculos fuertes, cada vez más fragmentadas, incapaces de dialogar desde posiciones políticas distintas y donde la humillación, incluso desde tribunas públicas, a quienes defienden el progreso social y la protección común frente a la lógica puramente privada, así como la deshumanización del otro se normalizan sin coste social alguno y bajo un fuerte ruido que impide escuchar que sin fraternidad la democracia se vacía y la vida digna queda reservada a quien pueda permitírsela -y resulta que son muy pocas —realmente muy pocas— las personas que podrían hacerlo, por mucho que dejásemos de pagar impuestos.
El autoritarismo no avanza solo por la fuerza del poder, sino que necesita la fragilidad del tejido social. Y la democracia es, en esencia, un ejercicio responsable y permanente de atención, porque, en cuanto dejamos de mirar, los cambios ya se han producido.
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