Tristeza en el campo

05 de febrero 2026 - 03:08

Regreso a escribir sobre deporte porque me apasiona y, además, considero necesario tratar temas que ensucian todo lo bonito que aporta la actividad deportiva a nuestra sociedad. En las últimos días, hemos conocido una agresión en un campo de fútbol sala en Balerma, una acción censurable que debemos rechazar para que jamás vuelva a repetirse. Esa mismo jornada fui testigo, y hablo como madre aún angustiada, de una situación que jamás imaginé que iba vivir. El partido era entre cadetes en el campo de fútbol Los Eucaliptos en El Parador. El equipo de casa ganó 2-0, con una primera parte solvente del equipo roquetero y una segunda donde no se jugó al fútbol porque decidieron que, con ese resultado, se llevaban los tres puntos. Hasta aquí todo bien. En el segundo tiempo, el protagonismo lo adquirió el público y todo lo que se movía alrededor de los banquillos. La afición que llenaba toda la grada, extraño para una categoría como ésta, donde normalmente acuden familiares, algunos amigos y quizás equipos rivales para observar a sus competidores, no se dedicó a animar, porque prefirió calentar el ambiente hasta el punto de volverse insostenible. Jaleaban a su equipo con un nivel de crispación exacerbado e insultaban y se reían de los jugadores rivales, lo que provocó que ese ambiente hostil se trasladara al césped, donde los dos equipos comenzaron a buscar el insulto y la agresividad en vez de seguir compitiendo. Tristemente, el conjunto arbitral no intervino cuando su obligación era evitar la conflictividad. Reconozco que clamé al linier que pitara ya el final aún sabiendo que quedaban los minutos de descuento, porque se palpaba que la tensión estaba por estallar como de forma lamentable ocurrió. Un empujón llevó a otro y el graderío, en su mayoría jóvenes y adolescentes, saltaron al campo tras lograr lo que estaban buscando, convertir un partido en una batalla campal. El árbitro no tuvo más remedio, cuando podía haberlo hecho antes, que suspender el partido. Sobre el césped, gritos, insultos y alguna patada. En la grada, la imagen más amarga del deporte: niños pequeños llorando de un equipo y de otro, buscando a sus padres desconsolados porque no sabían ni entendían qué estaba pasando. Se llamó incluso a la Guardia Civil, que tuvo que personarse para aclarar lo ocurrido. Todos tenemos la culpa, equipos directivos, clubes, afición, familias, jugadores y colectivo arbitral. O ponemos soluciones o las consecuencias serán más graves la próxima vez.

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