No se detiene

11 de febrero 2026 - 03:06

Hace unas semanas, leíamos en prensa que los científicos han descubierto que el tiempo fluye de manera diferente en Marte (Mars can wait). Mi conclusión es clara: no había que irse tan lejos.

El tiempo fluye de diferentes maneras en distintas circunstancias. ¿Acaso fluían aquellos interminables, pero maravillosos, veranos de la infancia del mismo modo que fluyen ahora las semanas laborales? El suspiro que va del lunes al viernes es tan distinto a aquellos lejanos días, que asusta. Y es verdad que, en general, tendemos a pensar que el tiempo disfrutado va mucho más rápido que el otro, pero no es menos cierto que el tiempo ocupado, que es como andamos siempre ahora, no corre: vuela.

Es curioso que del paso del tiempo nos hacemos más conscientes en los demás que en nosotros mismos, ¿no les parece? En los niños que crecen, en las personas que ya no están. Al menos a mí me pasa que me encuentro congelado en el tiempo: me miro en el espejo y me veo igual: a fin de cuentas, son los mismos ojos los que me devuelven la mirada. Poco importa que la barba se tiña de blanco o que alguna arruga en la mueca me acompañe un rato más. Y con mi círculo más estrecho me ocurre lo mismo: mis padres, mi mujer, mis amigos: nos congelamos en el tiempo en algún momento.

Afortunadamente, hay chasquidos que nos despiertan de esa ensoñación: los cumpleaños redondos (este año en mi familia más cercana nos toca a cuatro; y a uno más en el recuerdo), los aniversarios de acontecimientos o el típico momento en la televisión en el que alguien recuerda que David Bisbal pasó por Operación Triunfo hace… ¡casi 25 años! Y digo “afortunadamente” porque, de lo contrario, viviríamos en un constante aplazamiento de las cosas que, a cualquiera, priva de demasiadas vivencias. A menudo, es necesario meterle un chispazo a la vida, fijar un hito en la propia biografía, plantarse en el presente.

Eso sí: viajar a Marte, por ahora, está complicado. Y por si la distancia nos parecía poco, ahora sabemos que nos podría generar un verdadero lío temporal. El caso es que no está fácil y está bien que sea así: tal vez baste con asumir que el tiempo no se estira, ni se domestica. Que pasa. Y que, mientras pasa, conviene no aplazarlo todo, no vivir como si siempre hubiera un después disponible, un mañana asegurado.

Como de costumbre, esos locos romanos tenían razón: tempus fugit, memento mori.

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