En tránsito
Eduardo Jordá
Trincheras
Cuando las cosas o los procesos se definen a partir de otros, pueden señalarse, con ello, vínculos, discontinuidades e incluso oposiciones. Es el caso de la posverdad con respecto a la verdad y de la posmodernidad tras la modernidad. Los inicios de esta se remontan al siglo XV, con el tránsito del Renacimiento, y subrayan la lógica y la razón como principios que ordenan el funcionamiento social, con la configuración de instituciones estatales vinculadas a un marco constitucional, a fin de proteger de las libertades y los derechos de los ciudadanos. Coincide, por eso, la modernidad con el comienzo de la Edad Moderna, cuyo hito más cercano en nuestras latitudes puede ser el descubrimiento de América, si bien su auge se relaciona con el apogeo de la Ilustración en el dieciochesco Siglo de las Luces. Y si hogaño, superado ya el primer cuarto del siglo XXI, se sigue reivindicando, más que proclamando, la separación de los poderes estatales -el poder ejecutivo, el legislativo y el judicial- es porque la modernidad los instauró, dado su propósito de regir, mediante leyes derivadas de una constitución, el funcionamiento de las sociedades. Acaso, entonces, la disolución de las fronteras entre los poderes del Estado sea una manifestación particular de la posmodernidad, o de algunos de sus fervorosos partidarios. Caracteriza también a la posmodernidad el favorecimiento y la extensión de la educación como medio principal para acrecentar la calidad de vida. Y, por lo que a la verdad importa, da primacía, sobre las creencias religiosas, a la verdad científica. Esto es, el carácter absoluto o revelado de las grandes verdades pasa a tener, como garantía de valor y legitimidad, el aval de la ciencia. Así las cosas, tras siglos de modernidad, en la segunda mitad del XX nace la posmodernidad como reacción a los principios o preceptos modernistas. De suerte que las modernas ideas de progreso social colectivo parecen antiguas e inútiles y prevalece una aspiración de progreso individual. Incluso las que se configuraron como ciencias modernas son puestas en cuestión al considerarse que no hay un conocimiento verdadero y universalmente válido, pues hasta los mensajes o la información ordinaria tienen más crédito por el modo en que se transmiten que por su contenido propio. Y la verdad, en fin, no existe si no figura en la masiva comunicación de las redes sociales. Pero esto lleva a la posverdad, a la manipulación que orienta las opiniones y las actitudes.
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