En tránsito
Eduardo Jordá
Mon petit amour
DICE Lipovetsky que esta es una época extraña. La moral se ha transformado en algo frívolo. Los grandes valores ya no siguen los pasos del sacrificio por lo común sino los de la anarquía individualista. No se han creado nuevos valores y los de siempre han sido relativizados hasta el punto de sufrir una regulación bajo intereses privados; es decir, se han disfrazado de cualquier cosa que ejerza una hipocresía de la supervivencia. Y donde más se nota es en el mundo del derecho. La corrupción estructural se ha hecho del todo necesaria para el mantenimiento del sistema neoliberal. Por eso puedo decir que el derecho ha asesinado a la justicia. Este hecho representa en nuestro país una grave tragedia, siendo como es uno de los lugares donde más éticos han sido paridos por metro cuadrado a lo lago de la historia. En realidad, esta posmoralidad, supone una gran derrota intelectual. Y el ejemplo viene de la mano de la jueza Alaya, que parece que va a ser apartada de la instrucción de los eres en Andalucía y de la trama de los cursos de formación. Ya pasó algo parecido con el juez Garzón, otro profesional que tan solo trataba de hacer su trabajo. Sus trayectorias hablan por sí mismas, y en sentido positivo, y no hace falta que yo añada nada más. A este respecto yo haría una reflexión: ¿qué pasaría ahora si nuestros éticos, los históricos, levantaran la cabeza? Si Aranguren resucitara tal vez ardería en cólera. Fue él quién creó la idea de una justicia social ajena a cualquier forma de totalitarismo. Y si Ortega y Gasset abriera los ojos igual se iba a otro país con un Erasmus. En su celebre frase "Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo" lo estaba diciendo todo. Si los españoles no somos capaces de arreglar la situación común cómo vamos a solucionar los problemas que nos atañen a nosotros mismos. Iré más lejos, si fuese Séneca, el cordobés, el que levantara su cadáver gritaría en voz alta por la ventana una de sus más grandes reflexiones: "La desaparición de los valores siempre termina conduciendo a la turbulencia y a la destrucción". En definitiva, hay que admitir que estamos invadidos por la posmoralidad y eso poco a poco va destruyendo el mundo en el que vivimos. Todo cada vez es más frívolo, lleno de una nada que asusta y enturbia el paisaje que no solo vemos en la ventana sino también el que está frente al espejo.
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