Antonio Montero Alcaide
Puntería y urbanidad
La urbanidad y las buenas costumbres no son, aunque así se piense en ocasiones o por algunos, una añosa manifestación de la instrucción. Verdad es que, con el título de Manual de urbanidad y buenas maneras, el músico y pedagogo venezolano Manuel Antonio Carreño compuso, en 1853, un compendio más conocido por el apellido del autor, Manual de Carreño. Pero la urbanidad, hogaño, también equivale a la buena educación, por complicado que resulte llegar a un acuerdo sobre qué se quiere decir con ello. Se opone, así, la urbanidad a la rusticidad, con términos de origen romano (“urbanitas”, “rusticitas”) que expresaban el espíritu cortesano de la ciudad y las maneras poco pulidas de los campesinos. Por eso, con “desasnar” se denota la acción por la que alguien pierde la rudeza, o la de quitarle la rusticidad por medio de la enseñanza. Dicho esto, y aunque parezca tratarse de otra cosa, la puntería y la precisión tienen que ver con el tino. Mas, si no se acierta en el propósito, cuestión es de corregirlo, no ya con la repetición -aunque ayude el entrenamiento-, sino con el remedio de los estropicios o con la restitución del estado de las cosas a la situación en que estaban antes del desacierto de la puntería. Por eso importa el oportuno recordatorio de la urbanidad, ya que esta suele descuidarse en la anónima intimidad del baño.
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