En tránsito
Eduardo Jordá
Mon petit amour
ES como un mantra que se repite con frecuencia; un mantra que recitan una y otra vez algunas personas objeto de acusación o de investigación judicial o incluso de investigación periodística: "Tengo la conciencia tranquila". Algunos incluso dicen: "Muy tranquila". Con eso parece que ya han zanjado la cuestión y que se han defendido de la acusación de la que han sido objeto. Y que tenemos que creerles. "Tengo la conciencia tranquila", dicen. ¿Y ya está? Y casi pasan a otra cosa. No sé qué entenderán estas personas por conciencia. Tal vez creen todavía en la existencia del Pepito Grillo, ese ser estrambótico que anida en nuestro interior y que se agita solo cuando el sujeto viola normas o leyes. Por tanto, piensan que si no se muestra inquieto es señal de que nada tienen que reprocharse. "Tengo la conciencia tranquila". Y han proclamado a los cuatro vientos su inocencia. Pero ¿no les parece que va siendo hora de que empecemos a ser serios? A fin de cuentas, ¿es que la conciencia es algo innato, igual cualitativamente para todos? Me parece que no; la conciencia, creo, sin llegar a considerarla rígidamente como el súper-yo freudiano , es el conjunto de normas o de valores morales que hemos asumido individualmente y al que pretendemos, o nos gustaría, amoldar nuestro comportamiento. Son valores recibidos de nuestro entorno y aceptados con mayor o menor resistencia por nuestra parte; por tanto son algunos valores sociales a los que damos nuestra aquiescencia. Otros valores son, simplemente, rechazados porque consciente o inconscientemente no nos parecen adecuados. Por tanto, tener la conciencia tranquila significa, ni más ni menos, que asumimos que nuestra conducta se ha desarrollado acorde a tales principios; y a la inversa, uno tiene la conciencia intranquila cuando se los ha saltado más o menos a la torera. ¿Cómo se puede interpretar, entonces, eso de "tener la conciencia tranquila"? Puede ser, efectivamente, que el sujeto que lo dice no haya delinquido y sea de todo punto inocente. Pero también podría ser que al sujeto en cuestión le parezcan baladíes los valores sociales y algunas leyes y que tras darles de lado en su actuación pública o privada, siga teniendo su conciencia tranquila. En cualquier caso, además, nos encontramos ante la inaceptable identidad de juez y parte. Por eso a mí me da igual que cualquiera proclame que tiene la conciencia tranquila.
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