OPINIÓN
Tristeza en el campo
Regreso a escribir sobre deporte porque me apasiona y porque además considero necesario tratar temas que ensucian todo lo bonito que aporta la actividad deportiva a nuestra sociedad. En las últimas horas, hemos conocido una agresión en un campo de fútbol sala en Balerma, sin duda una acción censurable y en la que creo que todos unidos debemos rechazar para que jamás vuelva a repetirse. Ese mismo día también el pasado domingo fui testigo en primera persona, y hablo como madre aún angustiada, de una situación que jamás imaginé que iba vivir en un terreno de juego. El partido era entre cadetes en el campo de fútbol Los Eucaliptos en El Parador. El equipo de casa ganó 2-0, con una primera parte solvente del equipo roquetero y una segunda donde no se jugó al fútbol porque decidieron que ya con ese resultado se llevaban los 3 puntos que se disputaban y era suficiente. Hasta aquí todo bien.
En los segundos 45 minutos, el protagonismo lo adquirió el público y todo lo que se movía alrededor de los banquillos. La afición que llenaba toda la grada, extraño para una categoría como ésta, donde normalmente acuden familiares, algunos amigos y quizás equipos rivales para observar a sus competidores, no se dedicó a animar, porque prefirió calentar el ambiente hasta el punto de volverse insostenible. Jaleaban a su equipo con un nivel de crispación exacerbado e insultaban y se reían de los jugadores del club rival, lo que provocó que ese ambiente hostil se trasladara al césped, donde los dos equipos comenzaron a buscar el insulto y la agresividad en vez de seguir compitiendo.
Tristemente el conjunto arbitral no intervino cuando su obligación era evitar la conflictividad. Reconozco que clamé al linier que pitara ya el final aún sabiendo que quedaban los minutos de descuento, porque se palpaba que la tensión estaba por estallar como de forma lamentable ocurrió. Un empujón llevó a otro y el graderío, en su mayoría jóvenes y adolescentes, saltaron al campo tras lograr lo que estaban buscando, convertir un partido en una batalla campal. El árbitro no tuvo más remedio, cuando podía haberlo hecho antes, que suspender el partido. Sobre el césped gritos, insultos y alguna patada y en la grada la imagen más amarga del deporte, niños pequeños llorando de un equipo y de otro, buscando a sus padres desconsolados porque no sabían ni entendían qué estaba pasando. Se llamó incluso a la Guardia Civil que tuvo que personarse para intentar aclarar lo ocurrido.
Todos tenemos la culpa, equipos directivos, clubes, afición, familias, jugadores y colectivo arbitral. O ponemos soluciones o las consecuencias la próxima vez serán aún más graves.
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