Trump y el eterno retorno

10 de enero 2026 - 03:06

No termino de comprender la indignación ante la intervención norteamericana en Venezuela. Es cierto que Trump le ha añadido un barniz chocarrero y burdo, a juego con lo que es y con lo que quiere transmitir. Pero en cuanto se profundiza un mínimo por debajo de la vanidad más superficial, se reencuentran viejos conocidos. Trump, por lo demás, no ha alcanzado la presidencia en virtud de sus extraordinarias dotes intelectuales y su perspicacia providencial. Esa imagen forma parte de una estrategia más sibilina, encaminada a blandirlo como el gran mascarón de proa para desviar la atención hacia los grupos de poder y presión hegemónica que lo han encaramado hasta ese vértice político.

El imperialismo patibulario de los Estados Unidos no es nuevo. Sucedió ya antes, en todas las dimensiones posibles de América, desde enclaves tan diminutos como la isla de Granada, a otros no tan pequeños como en prácticamente todo el Caribe, o a naciones con la extensión de Chile, Argentina o Uruguay. Por supuesto, todos sabemos que no se detuvieron ahí, que extendieron ese hábito tan poco edificante por todo el mundo, Europa incluida en fechas relativamente recientes (invasión de la antigua Yugoslavia). Se trata de una práctica arraigada en la cultura norteamericana que arrancó en 1846, al invadir el México recién independizado, para continuar en 1898 con la Cuba española. Naturalmente, conforme a principios que se han auto-arrogado, cada una de esas intervenciones ha venido acompañada de su correspondiente expolio. Y, desde luego, no han reparado en medios para cumplir con sus objetivos, bombas atómicas incluidas.

Así pues, por más que le pesaría al ególatra Trump si reflexionase un segundo sobre algo, no ha inventado nada nuevo en sustancia. Es más, difícilmente alcanzará el nivel de Henry Kissinger, el funesto arquitecto de las dictaduras latinoamericanas de los 70 y 80 del pasado siglo. Luego, completó su CV criminal ordenando el bombardeo de Camboya. Kissinger, más que las manos, tenía el alma manchada de sangre, lo que no obstó para que se le concediese el Nobel de la Paz en 1973. Es curioso que Trump ansiara lo mismo. Debe ser que los yanquis tienen un concepto particular de lo que es la paz, distinto al del resto del mundo.

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