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El título de este artículo es una expresión acuñada por el historiador Enrique Lafuente Ferrari durante el pasado siglo para referirse a un aspecto definitorio del más genuino arte español, principalmente en la pintura. La escuela española más personal fue definiéndose y elaborándose a lo largo de los siglos, quizá desde El Greco –si consideramos los retablos de Santo Domingo el Antiguo de Toledo como su acta fundacional hacia 1577-; tuvo su primera edad madura en el barroco, el llamado Siglo de Oro, con Velázquez, Ribera, Zurbarán y Alonso Cano de iniciadores, y hubo de esperar durante el siglo XVIII hasta la aparición de Goya y Meléndez para tener una continuidad y renovación a su altura. El siglo XIX persiguió una búsqueda de la identidad de una forma un tanto despistada, y fue el progresivo conocimiento y admiración por la obra de Velázquez y de Goya lo que permitió, ya a finales de la centuria, el alumbramiento de nuevas figuras colosales como Sorolla, Zuloaga, Casas y Romero de Torres, que recogieron el espíritu y personalidad de lo español, renovándolo nuevamente e instaurando una tercera gran época histórica. Para ese momento, coincidente con la Generación del 98, se tenía claro que los tres faros de la Escuela española eran El Greco, Velázquez y Goya; los tres grandes artistas que con sus respectivas obras habían definido la esencia más depurada de la pintura patria. Así las cosas, los historiadores se afanaron por definir cuál era esa esencia y como había nacido. Lafuente Ferrari habla de la “veta brava” como una cualidad técnica y espiritual de la obra de estos tres grandes creadores y sus respectivos satélites. En lo técnico se refiere a una forma de pintar valiente, de pincelada bien visible, que otorga a la materia pictórica unos valores intrínsecos de belleza informalista, bien sea por la densidad de los empastes o por la ligereza transparente del color. En ello puede considerarse la Escuela Española como una variante de la más audaz pintura veneciana y al Greco, por tanto, como su primer gran maestro, venido directamente del taller del viejo Tiziano. En lo espiritual, Lafuente usa “la veta brava” como una definición del Realismo ibérico, tan objetivista en su apego a un naturalismo seco y lacerado, sin retórica y artificio, que se complace muchas veces en lo grosero o vulgar, y que no duda en forzar el dibujo con una intención expresionista que invade los territorios de lo satírico o simbolista, teniendo en Goya –y después en Zuloaga y Solana- a sus más preclaros representantes.
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