Su propio afán
Enrique García-Máiquez
Rey de reyes
Las celebraciones festivas tienen el cada vez más implantado y extendido prólogo de las expectativas, ese anhelo que da sentido no solo a llegada de lo que se espera disfrutar, sino a la propia ilusión que lo antecede. A veces, por los muy inclinados a la intensidad de las vísperas -más en el plural de los varios días que en la jornada inmediatamente anterior a la festividad-, se tiene que la celebración no comienza, sino acaba, desde que se inicia su día propio. E incluso sin necesidad de tan prolongado y regustado anticipo, el tardeo, acaso como expansión debida al confinamiento por la pandemia, hace de la Nochevieja más bien el epílogo de la «Tardevieja». Además, puesto que las celebraciones transcurren como un tiempo entre paréntesis -distintas las jornadas de su transcurso a las del ordinario calendario de las cotidianas fiestas menores de los días-, acabadas aquellas se deshacen pronto las disposiciones del ánimo y los propósitos de la voluntad, inspirados por lo que auspiciaba el motivo, directo o indirecto, de la celebración. Los buenos deseos, que acompañan a la renovación de los ciclos del tiempo, son oportuna muestra de ello, pues aminoran o se desvanecen a los pocos días de formulados. Como, también, el bullicio festivo de la concurrencia, o la ornamentación de los adornos, para que los lugares y los espacios parezcan inhóspitos y resulten a destiempo los símbolos festivos
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