La tribuna

¡Papá… Ven en tren!

¡Papá… Ven en tren!
D.A.

Cuando en los albores del año 1973, TVE, aún en la dictadura, pero con una libertad de opinión a años luz del pandemonio actual, diferente a la basura de una TVE cual la de hoy, que, amalgamada con la corrupción y el sectarismo de la izquierda española del momento, llena de ladrones, golfos, embusteros y corruptos; y sobre todo, más identificada con el frente popular de los años treinta que con la realidad de esta España, publicitó un anuncio que hoy, además de sonar a coña marinera, sería motivo de repulsa al identificarse con una muestra de burla, mofa, befa y escarnio por parte de los inútiles e irresponsables que nos gobiernan (es un decir). Se trataba del anuncio ¡Papá… ven en tren! Un reclamo publicitario que, una pandilla de inútiles, elegida a dedo, sin otra preparación ni méritos que tener carnet del PSOE, Podemos o la otra que ni ellos se aclaran de cómo se llaman, vive del cuento; y todo eso, sin tener en cuenta los cargos y enchufes preferentes, guardados en exclusiva, para los independentistas, terroristas, golpistas, ladrones, putañeros y demás empleos así llamados o catalogados y, a los que, cuando no queda un nombre consensuado que aplicarle, le atizan el de Asesores. Y no me retracto de ninguna de las titulaciones aplicadas pues, nunca la regeneración – aun siendo discutible en su forma – otorgó la pérdida del “título” ni aun con el beneficio del llamado Tribunal Constitucional. Desde pequeño, me enseñaron mis mayores que los adjetivos calificativos no se limitan a tiempos pasados, sino que, aun siendo condenados, agasajados, liberados, amnistiados o elevados a cargos públicos, el grey de los que, por sus méritos, adquieren tal “titulación” quedará lastrado ad perpetuam; y, aunque Nuestro Señor y los políticos (estos por conveniencia o identificación) les perdonen y reivindiquen, la sociedad no se olvida de sus actos “benefactores”. Se ha convertido en evidencia palpable en la España de Sánchez que, los españoles gozamos de una u otra categoría y catalogación, en razón al lugar de nuestra residencia, como si el empadronamiento, otorgara la limpieza de sangre y colocara a nuestro linaje dentro de una nobleza creada por estos señores que nos gobiernan, similar a la exclusión social en la España de los siglos XV-XIX y sus colonias, que exigía demostrar linaje de “cristianos viejos” sin ancestros judíos o musulmanes para acceder a privilegios; un sistema discriminatorio que otorgaba por derechos de cuna, tanto el honor como el lugar preferente en la sociedad según la fe reconocida y practicada, así como la herencia de sangre. Hoy, la política ha cambiado los términos y, cada partido, se aplica a sí mismo la limpieza de su linaje y han copiado el modelo, aun habiendo criticado hasta la saciedad a la monarquía española que durante siglos dio muestras de colocar a inútiles en el trono, producto en su mayoría de una endogamia casi animal. Hoy, la política, tan importante según ese bodrio actual, al que de forma insolente llaman democracia, mancillando un nombre mítico y necesario para el hombre cual es la libertad; y llamando democracia a lo que a ellos les viene en gana, cuando el parecido de lo que se está prodigando en la mayoría de los países europeos en la actualidad, se asemeja a la realidad y caracteres de la auténtica democracia, lo que una jumenta a un joven corcel del hipódromo. La concatenación continuada de inútiles, corruptos, sinvergüenzas, putañeros y profesionales del trinque, en el ministerio más importante económicamente del Estado, ha logrado que los españoles pensemos en hacer testamento antes de subir al tren y nos ha convertido en el hazmerreir de Europa. El sacrificio innegable que nos significó el AVE – que, dicho sea de paso, comenzó ya con la corrupción de los “convolutos” – y que nos convirtió en el segundo país del mundo en Km de AVE; hoy, en manos de un inútil, soberbio y soez, es casi una reliquia que está a punto de convertirse en un juguete roto con un presidente de gobierno que concede los miles de millones a Cataluña y al País Vasco, como si de rosquilletas se tratara y en cambio, racanea la inversión necesaria para mantener las líneas de ferrocarril que agonizan de forma lapidaria. Si los que somos ciudadanos de tercera no lo echamos, volveremos a los carros y las diligencias. Y de esto, no tiene la culpa Franco, pues con él, queríamos ir en tren y … ¡Sin pasar miedo!

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