Okupación

Una Navidad sin luz ni luces de Navidad

  • Como otras tantas familias, por desgracia, Lucía sigue sin un trabajo que le permita ofrecer a sus seis hijos una vida acorde a lo que es un hogar

  • Cocinera antes que okupa

En la casa okupada de Lucía no va a haber problemas para cumplir con la normativa de celebrar Nochebuena y Nochevieja con un máximo de seis personas. El problema va a ser tener luz para ver los alimentos que se consumen esa noche. No van a ser cenas copiosas, difícilmente habrá uvas para darle la bienvenida a 2021 y los villancicos se cantarán si la salud acompaña al pequeño Domingo [asmático severo, con el riesgo que ello implica en una pandemia] en días que sólo se entienden si la familia es feliz. Por lo menos, gracias a la solidaridad de los almerienses, no unos trozos de turrón y algunos mantecados de Laujar endulzarán unas fiestas que José Javier, María del Rosario, Jesús y Lucía junior vivirán en la penumbra.

No es un pesebre, Lucía trata de que su casa sea lo más digna y salubre posible, pero su situación se asemeja bastante a la del nacimiento de Jesús. En vez de una estrella, hay velas que iluminan de manera fría cada estancia de un pequeño hogar donde se respira pobreza, pero también amor. Los Reyes Magos no traen oro, incienso y mirra, pero sí magdalenas, leche, zumos... “No me da vergüenza pedir, no estoy cometiendo ningún delito, tengo la conciencia bien tranquila. No fumo, no bebo, no me drogo. El poco dinero que consigo me lo gasto en mis hijos. Sólo puedo dar las gracias a la gente que me ayuda, desde las cajeras del Mercadona hasta todos los que se interesan por nosotros y nos dan lo que puede”, que para ellos es su mejor aguinaldo.

Una Navidad sin luces de Navidad tiene que ser duro. A quién no se le rompe el alma al pensar que no hay ni zapatos para poner en la Noche de Reyes, el día más esperado por niños y por muchos mayores cada año. Lucía no se resigna, ella mueve Roma con Santiago para que esta situación se acabe pronto y su familia pueda tener una vida acorde a las ganas de trabajar que ella tiene.

“Yo quiero trabajar, no quiero vivir ni de okupa ni enganchada a la luz y el agua. Quiero trabajar, soy cocinera, pero hago cualquier chapuza que me ofrecen para sacar algo de dinero para mis hijos: limpio casas, coches, plancho... Lo que sea”, indica la cordobesa cuya situación laboral es complicada, demasiado compleja de explicar, por un juicio que tiene pendiente de un trabajo anterior:“Le pido a Dios que salga hacia adelante, pueda coger algo de dinero e irme a Córdoba donde tengo dos hijos más”, con la familia paterna, Manuel y Agustín.

Mientras sí mientras no, Lucía no piensa, “no tengo ni tiempo”. Todos los días va al Puche por la mañana temprano a que le dejen cargar el móvil, con el que por la noche duerme a sus hijos con dibujos animados. Luego, una vez que su tropa se ha ido al colegio, ella intenta de adecentar su casa: limpia y desinfecta a fondo para que el aire esté lo más puro posible [viven enfrente de las obras del soterramiento y una nube de polvo y una montaña de tierra cubre a diario la calle, con lo perjudicial que es eso para un asmático], carga un carro con botellas para llenar de agua donde pueda, limpia la ropa frotándola en un cubo lleno de agua y lejía... Por supuesto, siempre hay que sacar tiempo para apelar a la caridad de quien va a comprar a las superficies comerciales de la zona del Ingenio. Hay días con suerte y otras en las que se va con el espíritu por los suelos, pero ella siempre se muestra fuerte ante sus pequeños. “Les intento engañar, todos los días les digo que mañana será mejor. Ahora mismo estoy buscando algún tipo de motor para poder tener luz en mi casa, puesto que el generado se nos rompió hace algunas semanas”. De hecho, impacta ver cómo el flash de la cámara del fotógrafo ilumina una casa okupa sumida en la penumbra. La llama de la vela es la única que ejerce una pequeña competencia al flashazo.

Para lavar la ropa, agua, lejía y un cubo en la calle donde frotar. Para lavar la ropa, agua, lejía y un cubo en la calle donde frotar.

Para lavar la ropa, agua, lejía y un cubo en la calle donde frotar.

“El orientador social me echa el curriculum en todos sitios, me llegan muchos anuncios, pero ahora no hay trabajo. Con el tema de la pandemia, los bares no necesitan trabajadores y eso me cierra las puertas”, explica Lucía, que por lo menos se lleva alegrías cuando sus niños le traen las notas académicas. Pese al ambiente tan duro donde están creciendo, sus seis retoños aprovechan y disfrutan de las horas que pasan en el colegio. “Los profesores me hablan muy bien de ellos, de la niña me dicen que es de las primeras de la clase. Como Jesús no está pudiendo ir estos días [ha sufrido varias crisis graves de asma que le obligan a tomar medicamentos muy fuertes] su maestro me ha comentado que lo echa de menos y que espera que se recupere pronto para volver”. No todo en la vida van a ser piedras, siempre hay un clavo ardiendo al que aferrarse. De hecho, José Javier, el mayor de sus cuatro hijos almerienses, cuida del resto del rebaño cuando Lucía va a otra parte de la ciudad a ganarse un puñado de euros con la fregona, el recogedor o la aspiradora. Con lo que sea. Ojalá pronto vuelva a ser en los fogones.

Ya es tarde. El sol se ha puesto hace un rato por detrás de los edificios de Los Molinos. Las farolas de la calle dan algo de luz al salón, de forma más tenue que una vela a la que le quedan un par de noches. Ésa no llega a la Navidad, para después del Puente de la Inmaculada habrá que reunir algo más de dinero para comprar unas cuantas. Lucía coge la nevera de la playa que usa a modo de frigorífico para ver qué van a cenar esa noche. Entre la caridad y la ayuda social que puede recibir, el plato de comida es mínimamente nutritivo para sus niños. Para Lucía nada le llena más que el beso y el gran abrazo que le dan José Javier, María del Rosario, Jesús y Lucía junior antes de irse a dormir. Ellos van a ser su luz esta Navidad.

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