A la luz del día

Cuidate de los idus de marzo

Las batallitas políticas no dan para los idus de marzo, aunque sí el inicio del estado de alarma y sus vicisitudes

"¡cuídate de los idus de marzo!", escribió Shakespeare en su obra Julio César. Para recrear la conspiración que acabó con la vida del emperador al que, tras sus glorias militares y preeminencias políticas imperiales, comenzaba a caérsele el pelo y pretendía disimularlo con retoques y otras composturas. Marcados estaban algunos días de los meses del año en el antiguo calendario romano y eran conocidos como "idus". La notoriedad de marzo, primer mes del año entonces, tiene que ver con el traicionero asesinato a puñaladas del emperador Julio César, el 15 de marzo del año 44 a. de C. Ante tan histórico magnicidio, acercar este episodio al desatino político patrio resulta un despropósito, porque no hay mociones de censura, dimisiones, ni cambios de militancia que hagan más historia que la ficción de esas series de tan crecidas audiencias como exigua entidad; si bien, satisfacen y enganchan a no pocos en esta posmodernidad bufa -suele decirse líquida-. Acaso la declaración del estado de alarma, el 14 de marzo del año pasado, pueda parangonarse un tanto con los idus de marzo genuinos. Y el relato histórico da asimismo para la semejanza porque advertido fue César del trágico fin de sus días; aunque el emperador, según cuenta Plutarco, había dicho que prefería morir de forma inesperada. Profecías algo fantasiosas hubo, como el lloro amargo de los caballos sagrados o los sepulcros antiguos que se estaban demoliendo, incluso el mal sueño de su esposa Calpurnia. Pero el relato histórico cuenta cómo un arúspice, de nombre Espurina, intentó prevenir a Julio César ante los idus de marzo. El emperador se encontró con el augur cuando se dirigía al Senado y le reprochó su desgraciada profecía, "Los idus de marzo no han llegado", a lo que Espurina replicó: "Pero todavía no se han ido". Poco después recibió una puñalada en el cuello Julio César, de los conspiradores ante su divino providencialismo. Entre ellos estaba Marco Junio Bruto, partidario de Pompeyo, que fue aliado y después rival de Julio César. Este había otorgado el perdón a Bruto, del que se contaba que era su hijo ilegítimo, por más que resultara difícil que así fuera. No será cuestión, sin embargo, de restar empaque al "Tú también, Bruto", con que el emperador pareció agonizar. Mucha historia para las batallitas alicortas de este marzo revuelto, aunque el virus bien merece el parangón de los idus de marzo, sin que falten Espurinas y Brutos en las infaustas vicisitudes del estado de alarma.

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