«El toreo está tan lleno de Manolete como los cielos y la tierra de la voluntad de Dios», caligrafió Clarito en un fragmento, que vuelve puntual de un ciclo de la historia a otro. De aquel concepto, más que de ningún otro, surgían los pases al natural: eternos, como la sublimidad de la Gioconda, como el misterio del Greco, como un soneto de Quevedo, como el pincel de Velázquez, como un beso de Ava Gardner, como la sonrisa de Marilyn Monroe. Un toreo hondo, senequista, estoico. De héroe mítico. No puede faltar en el recuerdo, que nos trae el reloj de la época, colgado de la pared, el nombre de Lupe Sino, Antonia Bronchalo Lopesino (¡ahí está el juego de palabras!); musa, más allá de la literatura, con su melena ondulada, ojos verdes, mirada de cine, como la de Lauren Bacall, y enamorada del torero, al que conoció en el bar madrileño de Chicote. Desde luego, ni Adrien Brody es Manolete, ni Penélope Cruz, Lupe. 
Manuel Rodríguez, Manolete, torero y leyenda: filosofía y literatura, del arte de torear. Con un concepto que, nunca sabremos bien, si es humano o divino. Pero lo cierto es que ese silogismo puede ser de Platón o de José Tomás. De pocos más. Porque muchos son los llamados y pocos, los elegidos.
Manuel Peñalver
Catedrático UAL 

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