República de las letras

Agustín Pérez Belmonte

Papá cuéntame otra vez

Los buenos ratos que pasamos aquellos cursos del entonces Instituto Masculino -actual Nicolás Salmerón- tocando la guitarra y cantando en la Plaza España de la Ciudad Jardín! En media hora de recreo, haciendo chistes y gastando bromas, íbamos a casa de uno que vivía cerca, a por la guitarra, y luego a la plaza, donde teníamos escogido nuestro banco, o al atrio de la Iglesia de San Antonio, y cantábamos canciones de Los Brincos, Fórmula V, Juan y Junior, Adamo… Siempre se formaba un numeroso corro a nuestro alrededor. En especial recuerdo la versión de Los Mustang de "San Francisco", la canción de John Phillips -The mamas & The Papas- que Scott McKenzie convirtió en número 1 de las listas de éxitos de todo el mundo en 1967. Yo la tocaba en mi menor, do, sol, re, la, con el intermedio en fa y sol y la subida de un tono al final convirtiendo ese mi menor en un precioso fa sostenido menor. Espectacular quedaba la letra -Aquí estoy, en San Francisco, y en la ciudad no hay más que soledad, etc.- en el barrio de Ciudad Jardín, tan ajeno a mí que me simbolizaba la desconocida y lejana ciudad californiana: así de propenso era a creer las historias que narraban las canciones y a trasladarlas a mi presente. Sin embargo, qué lejos estábamos entonces de lo que la canción simbolizó para la cultura hippie de la época, la del "haz el amor y no la guerra", la de las flores, el amor libre y el LSD. O del significado que tuvo como canto a la libertad para los jóvenes que se rebelaron en Checoslovaquia en la llamada Primavera de Praga de 1968. Nada sabíamos los jóvenes de eso, como tampoco nos llegó lo más mínimo del Mayo Francés. Muchos años después, a fines de los 90, mi hijo tocaba a la guitarra una canción de Ismael Serrano, cantautor nacido en 1974, titulada "Papá cuéntame otra vez", que hablaba del gran fracaso en el tiempo de aquella generación de estudiantes con flequillo, pantalones de campana y niñas con minifalda que un día tomó la Sorbona pidiendo lo imposible y pronto descubrió que debajo de los adoquines no estaba la playa. Escuchándole, sentí en lo más íntimo no haber tenido en su momento la información, y por tanto la conciencia, de lo que estaba ocurriendo en el mundo con mi propia generación. Una generación que en España vivía secuestrada por un régimen político que le vedaba el descubrimiento del mundo real (de mi próximo libro SIEMPRE ES DEMASIADO TIEMPO).

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