¿Qué eh lo que eh?
José Antonio Hernández
Ni uno ni otro
Uno de los grandes toreros de la historia ha sido Paco Ojeda. Su revolución consistió en acortar las distancias; y, una vez en el terreno deseado, torear con quietud, verticalidad y ligazón: parar, templar y mandar en una circunferencia, con el mínimo diámetro; aplicar al pie de la letra, el concepto belmontino: procurar que todos los terrenos del toro sean del torero; con el fin de que sea el diestro el que dicte su ley. El ojedismo era también estoicismo, senequismo y misticismo. Una concepción filosófica de la tauromaquia, inspirada en la noche y en la madrugada de Sanlúcar de Barrameda y Doñana: veleros y misterio; brisa y alba: entre el Atlántico y el Guadalquivir; entre una bulería y una copa de manzanilla; entre Manolo Caracol y una mujer gaditana: guapa, como las olas de Rota. Paco Ojeda, un rebelde de la vida, que solo creía en el toreo si podía hacerle a un toro lo que a las vacas y a sus caballos ante la mirada de la luna de Bajo Guía: hacer que la embestida sea una copla. La revolución ojedista perdura como una liturgia; como un vanguardismo que no es literatura, sino tauromaquia. Cuando toreaba con la izquierda, el Guadalquivir era mar antes que río; silencio antes que voz. Hoy, el ojedismo tiene nombre y apellido: Daniel Luque.
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