Costa Costa no era La Costa

19 de enero 2026 - 03:08

El trabalenguas del titular alude a dos restaurantes almerienses: Costa Costa, que pudo ser emblema de la capital a finales de los 80, y La Costa, que lleva veinte años siendo el mejor de la provincia. Así retomo los recuerdos de restaurantes que pudieron ser estrellas y que, por diversas causas, no remataron la faena. Pocos recordarán el Costa Costa porque fue brevísimo, pero todos pueden seguir admirando el espléndido edificio que lo albergó, ya que se trata de la sede actual de Plataforma de Publicidad, en la calle de Martínez Campos. Se puede admirar la bien conservada fachada y los señoriales salones, todo a propósito para contener un restaurante de postín. Dos anécdotas pueden explicar por qué fracasó.

Entre octubre de 1987 y abril del 88 La Voz de Almería fichó a seis conocidas criaturas para una columna semanal: Fausto Romero los martes, Antonio Maresca los miércoles, Carlos Pérez Siquier los jueves, Pedro Córdoba los viernes, servidor de ustedes los sábados y José Mª Artero los domingos. Los lunes no había periódicos, salvo “La hoja del lunes”. Como es habitual, no nos pagaban ni un duro, pero el recién nombrado director nos invitaba a comer una vez al mes.

Elegía sitios buenos y una vez nos llevó a Costa Costa que aun no estaba abierto, pero nos montaron una comida privada. Nos dijeron que aun no tenían todos los platos de la carta, que nos pondrían una “selección de entrantes del chef” y luego podíamos elegir carne o pescado. La selección del chef incluía un trocillo de chistorra frita con pan y un par de “delicatesen” similares que me alegro no recordar. Pedí un entrecot muy poco hecho y me llegó requemado; eso sí, al darle la vuelta estaba crudo: se ve que había que sacar la media. Lo disculpamos en parte porque estaban de pruebas. Lo malo fue la confirmación del bautismo.

Pocas semanas después llegó a Almería un nuevo gobernador civil, Ramón Lara, al que conocía porque mi compadre Alfredo Sánchez había trabajado con él varios años en Madrid. El caso es que Alfredo llamó a Costa Costa y pidió un comedor privado para el nuevo gobernador. Comimos con él, su mujer, Alfredo, yo y nuestras consortes. Le dejamos que nos pusiera lo que quisiera y nos trajo un jamón ibérico de tercera, unos pescados no demasiado presentables y, como en la vez anterior, no me acuerdo de más. Se lució. El caso es que no volví. Creo que Ramón y Paloma tampoco. De todas formas cerró pronto.

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