En tránsito
Eduardo Jordá
Mon petit amour
No deja de ser curioso, por insólito, el respaldo unánime que ofrecen los cargos del Psoe a cuanta ocurrencia, incluso de dudosa legalidad, proponga su líder. No importa lo que se vote ni la sede, sea en el ámbito del partido, en los foros estatales o autonómicos, el apoyo del político pro-sanchista se expresa hoy al unísono, con algún balbuceo externo y ocasional, sin ningún recorrido operativo: caso Page. Se trata de un orfeón tan servicial que trae a colación al homo soviéticus que perfiló el sociólogo A. Zinóviev, allá por 1980, del prototipo de político de la URSS, que carecía de iniciativa o ideología propia, limitándose a seguir a ciegas cualquier consigna que recibiera de los dirigentes, por absurda que fuera, que siempre aplaudía a la vez que los demás, sin dejar de aplaudir nunca el primero y sin importar lo que aplaudiera, porque vivía indolente el resultado de lo aplaudido, ya que su único interés era evitar que le cayera algún expediente por no hacer, o hacer algo diferente a, lo ordenado por el aparato. Se trata de un sesgo conductual que, salvando tiempo y regímenes, hoy vemos mimetizado en España, no solo en el Psoe, pero con este Psoe en cabeza, y que revela cierta cesantía intelectual y ética de quienes no votan a favor de un ideario sino de su estatus y sueldo. Acaso porque aquí, como ocurría al homo soviéticus allí, se premia una férrea disciplina que solo podría tener valor absoluto en la guerra, -pistola en la sien-, nunca en la política donde su imposición es relativa y anda vinculada en todo caso a la coherencia ideológica. Aunque se trate de una sumisión comprensible en esos miles de cargos, que-viven-solo-de-sus-cargos que ocupan gracias al partido y del que se benefician sin más coste que su servidumbre. Un temor nada extraño y bien humano, si se revisa el uso maniqueo de recompensas y castigos impuesto con singular eficacia en este Psoe desde que Sanchez reinició su mandato con la purga implacable que impuso y mantuvo contra quienes lo habían expulsado antes, borrando de forma ejemplarizante desde el susanismo a los barones críticos o miles de militantes locales proscritos en los cuadros del Partido desde 2017. Y ello a la vez que premiaba solo a sus fieles, para cuanto cargo les permitiera cobrar de lo público: o sea un sistema de castigo y recompensa, infalible para conformar un perfil de homo Psanchista tan análogo, ay, al soviéticus aquel de Zinóviev.
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