Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Un mundo nuevo (y terrorífico)
Me impone tu silencio, tan solo roto por el breve epitafio y el óvalo de cerámica que inmortaliza la imagen de un semblante bien rasurado al que el fotógrafo de estudio no supo arrancarle una sonrisa. Y me impone cada vez más el cercano enmudecimiento final que, antes o después, a todos nos depara. No somos nadie. Sí, es una pena que te hayas ido sin que jamás hubiéramos aprovechado antes la oportunidad de manifestar lo que sentíamos el uno por el otro y desembuchar algunas cosas que calladas percuden la conciencia. Nada importantes para el mundo, pero sí al menos para ti y para mí. En cualquier caso, te las confesaré, por más que sea ya demasiado tarde y por más que no puedas escucharme, como tampoco puedes ver ni percibir la agreste fragancia de este ramillete de linarias, blancas y violetas, que he apañado en los laderos del camino y que coloco con mimo bajo tu inscripción por ser el día de onomástica: San Eulogio.
Te marcó para toda la vida el hecho de que tu infancia apuró el cáliz hasta las heces. Las carnes entecas del niño que fuiste dieron fe de aquellos años de hambre y sordidez. Nosotros a vuestra edad no comíamos las piedras, nos solías decirnos a mi hermana y a mí cuando nos poníamos delicados en la mesa. Parece que aún te oigo recitar enternecido ese poema de Miguel Hernández que te sabías de memoria, aquel de las abarcas desiertas. Y, lo que son las cosas, tan pronto viraron las tornas, el santo se puso de cara y la holgura económica bendijo nuestra casa, te desviviste por que tus hijos se pudieran permitir toda suerte de caprichos y disfrutaran de una educación basada en un idealismo bobalicón y quijotesco que mal casaba con el realismo descarnado que tú, en cambio, padeciste. En absoluto nos favorecías al procurarnos una enseñanza que nos saturaba de apariencias tanto veraces cuanto falaces al tiempo que nos atontaba privándonos de los criterios para distinguir entre ellas la verdad.
Y si solo fuera eso. Toda mi vida ha sido una encarnizada lucha por desembarazarme de los dogmas de la nueva fe: la libertad, la democracia, el multiculturalismo, el puritanismo, el panfilismo, la ciudadanía, el acendramiento moral del individuo, la prohibición de la ambigüedad y el humor, qué sé yo. Y creo que he tenido éxito. Prueba de ello es la risa que me da cuando me dicen que la captura de Maduro es una oportunidad de oro para la regeneración democrática de Venezuela.
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