Lorca y sus asesinatos

22 de enero 2026 - 03:06

Hace unos días leí en un titular de prensa granadina que la ciudad, literalmente, iba a celebrar los noventa años del asesinato de Lorca con una ambiciosa programación cultural. Otra vez. Granada es una ciudad despistada o perdida en lo cultural, incapaz de descubrir cuáles han sido sus verdaderos hitos en el contexto de la Europa Moderna, desde el Renacimiento hasta hoy, quizá porque anda atrapada entre dos mitos que le han sido creados desde fuera; el de la Alhambra y el de García Lorca. Y ambos no son estrictamente culturales; en ciertas ocasiones más bien lo contrario, pero la ciudad piensa que son su gran aportación a la Cultura mundial. La Alhambra, desde el inicio de los viajes románticos del XIX, es un mito turístico, un exótico lugar de peregrinaje alimentado por las sucesivas reconstrucciones de un monumento que atesora bien poco de su origen nazarí. En la actualidad, el fenómeno turístico ha llegado a límites paroxísticos, arrebatando el monumento a la ciudad y a la cultura. El otro mito, el de Lorca, es de carácter político-moral, que es tanto como decir religioso. Lorca es para millones de personas una suerte de Mesías, de gurú ético, un icono de la izquierda en lucha eterna contra el mal, representado por la derecha y el fascismo. El paralelismo entre la figura de Jesucristo y la de Lorca es evidente. Son percibidos como seres predestinados al martirio, al sacrificio, por una causa noble y liberadora, de profunda importancia moral y política para la humanidad. En ambos casos, el asesinato como final les otorga una fuerza de convicción y una legitimidad sumamente atractiva y sugerente. Los lorquianos, como los cristianos, celebran siempre el asesinato de su profeta; es su razón de ser y el faro que los alumbra. El símbolo de los cristianos es la cruz, y el de los lorquianos el crimen de Víznar. Los devotos de Lorca necesitan asesinarlo continuamente; es la munición para su mensaje ético. Ello explica la reiteración y omnipresencia de la celebración de su muerte, disfrazada generalmente de homenajes literarios o culturales. Sin el asesinato, Lorca perdería gran parte de su mitificación y quedaría en un plano estrictamente artístico, medido con el resto de sus contemporáneos creadores en justa igualdad de condiciones. Pero sus devotos decidieron hace mucho tiempo que jugara en otra liga; la de los profetas encarnados, faros con un plan salvífico, que exigen una profesión de fe a sus fieles, una exaltación vehemente y fundamentalista. Menos Lorca y más Alonso Cano.

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