La Rayuela
Lola Quero
Una ratonera ferroviaria
El pasado sábado, la UE y Mercosur firmaron el Acuerdo de Asociación junto al Acuerdo Interno de Comercio. Europa se siente pequeña y busca oxígeno comercial y alianzas estratégicas, para no caer en la irrelevancia en un tablero global cada vez más polarizado y hostil. En este contexto de debilidad geopolítica, el acuerdo con Mercosur se presenta en Bruselas como una palanca de competitividad industrial, una oportunidad para que sectores como la automoción, la maquinaria, la química o los servicios intensivos en conocimiento, abran nuevos espacios comerciales. Sin embargo, la agricultura y la ganadería suelen pagar la factura, convirtiéndose en monedas de cambio habitual de la diplomacia comunitaria.
Siempre he defendido que no es sensato ponerle puertas al campo. El comercio internacional genera eficiencia, y el proteccionismo a ultranza sólo conduce al empobrecimiento. Pero el libre mercado solo funciona cuando las reglas del juego son homologables, en un terreno de juego comparable. Aquí es donde surge el concepto de “cláusulas espejo”, es decir, la promesa de que lo que importamos cumple con los mismos criterios sanitarios, ambientales y laborales, que exigimos a nuestros productores. Sobre el papel, la propuesta parece impecable, en la práctica colisiona con la realidad operativa de la fiscalización internacional. Roza la quimera.
Las fronteras, por más que se tecnifiquen, siguen siendo sistemas complejos y frágiles. Verificar estándares es un desafío titánico, casi imposible de fiscalizar con el rigor que aplicamos dentro de la UE. Exigir al agricultor y ganadero europeo una excelencia normativa en sanidad, bienestar animal y sostenibilidad, mientras se abre la puerta a productos que juegan con otra baraja, genera una asimetría competitiva insostenible a medio plazo.
En este panorama, ¿cómo pedirle a un joven europeo que oriente su vida profesional hacia el agro? La soberanía alimentaria de Europa se defiende con rentabilidad, estabilidad y horizonte de futuro. Si las cláusulas espejo no pueden garantizarse, el acuerdo deja de funcionar como un pacto equilibrado, para convertirse en una cesión parcial de soberanía productiva.
Europa debe exportar coches, tecnología y servicios, pero no puede hacerlo a costa de descapitalizar su despensa ni de erosionar las bases sociales y económicas del medio rural.
También te puede interesar
Lo último