Tribuna
‘Días sin pájaros’ de Perfecto Herrera Ramos
La contemplación puede ser, en sus maneras de más recogimiento o de quietud y silencio mental, una forma casi mística de trascender la realidad. A tal fin, predispone la mirada contemplativa, cuya práctica no juzga ni valora lo percibido, sino que lo observa con plena atención, en un ejercicio de interioridad que da quietud al ser. Pues esa mirada tampoco repara en la utilidad o funciones de lo que ve, sino en su esencia, además de en la belleza que haya en lo contemplado. La calma y la pausa son el estado conveniente para mirar de este modo. Y los detalles de lo observado hacen que la contemplación repare en ellos como si se hiciera por vez primera, dejando que las cosas se muestren. Además, no solo es la activa, aunque serena, acción de ver, sino también la de, dígase así, dejarse ver por lo observado, con el silencio interior que ayuda a no afirmarse. Si bien serenas y complacientes, otras miradas son menos contemplativas y se dirigen a lo que atrae y reclama. Y, sin que se hagan con una quietud mental o una interioridad personal, agrada y conforta que sean en diversa y animada compañía, pues ese contemplar con otros vincula por el motivo de la mirada. Es más, la conjunción de las miradas lleva a detenerse en las particularidades de quienes miran desde el acomodo de una balaustrada
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