La mirada zurda
Antonio Guerrero
Venezuela: un tablero de ajedrez
Las casas reales están dejando ver sus entretelas, su vulnerabilidad, su anacronismo crónico y a veces sombrío. Su desesperanza porque sólo se admiran el cetro de oro, la corona y el armiño en los museos. Olvidados de Dios, reducidos a imágenes de ritos olvidados, nunca les pesó tanto la naturaleza humana. Les cubre un manto de enfermedades incurables, familiares delincuentes, vicios irreprimibles, dinero sucio. Como las familias de la mafia o las gitanas lucen en plenitud en bodas y funerales. Escenifican mejor que nadie el desbordamiento ordenado.
Pareciera que Shakespeare les estuviera escribiendo el sufriente monólogo de su propio final. Les pesan los privilegios, les pesa no poder escoger pareja, les pesa no tener vida propia. Les pesa la responsabilidad de reinar sin gobernar. Les pesan las tradiciones que ya nadie guarda. Les pesa fingir una seguridad que no tienen, una autoridad que les falta, un amor no correspondido. Les pesa ver su efigie en una moneda ennegrecida que es de todos y de nadie. Una ejemplaridad exigida que no existe. Les pesa el oro que tanto humilla y un árbol genealógico que les condena a repetir errores, a no ser libres de por vida.
En España, hemos pasado de un acto a otro de esta obra dramática sin darnos cuenta. Un joven rey Juan Carlos se enfrenta a las inclemencias políticas, apuesta y se gana el amor de su pueblo. Triunfa, aunque en algunos momentos se le vea triste, cansado. No se resigna al destino ciego que le aguarda, pero a veces deja olvidada su corona en aventuras de safaris y conquistas. Se cierra el telón. Comienza el segundo acto con un rey empequeñecido, cojeando, pidiendo perdón, haciendo promesas que sabe que no puede cumplir. Y empieza a preguntarse aquello del “Ser o no ser…” y escoge el lugar más inadecuado posible para su autoexilio. Y su figura se va devaluando hasta exhibir su torpeza por puertos remotos y cercanos. Empieza el tercer acto. Pluma en la mano, el rey confiesa sus culpas para ser comprendido. Olvida que los reyes no tienen ni memoria ni pasado, sólo una historia ya escrita. Aún escucha a lo lejos el taconazo de su padre herido. Se hace un silencio profundo mientras levanta los ojos y confirma que, como todos los reyes, está solo.
“Ser o no ser” se preguntará su hijo cuando haya de traer sus restos al frío pudridero. “Ser o no ser” nos cuestionamos todos. Los reyes de España siempre dan pena o rabia.
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