Venezuela reveladora

05 de enero 2026 - 03:05

Chávez ganó sus primeras elecciones en 1998. Para mucha gente de mi generación, Venezuela se iba a convertir, desde ese momento hasta hoy, en un lugar políticamente relevador. En mi caso –disculpe el lector lo personal– esa experiencia viene marcada porque muchos de mis compañeros de doctorado en Salamanca fueron venezolanos, no pocos de ellos becados por el primer chavismo. El chavismo era también una línea divisiva en aquel grupo. A través de acalorados seminarios y de conversaciones entre copas, pude comprender el porqué del gran apoyo popular que tuvo el régimen en sus inicios. Venezuela había sido un país tan rico como injusto socialmente. La pobreza alcanzaba en 1998 a casi un 50% de la población, siendo extrema en un 21% de los casos. La tasa del analfabetismo, cercana al 10%. En aquella Venezuela oligárquica de los noventa pervivían relaciones de servidumbre con los rasgos casi feudales que uno luego ha encontrado también en otros lugares de América Latina. Estos índices mejoraron los primeros años del chavismo donde ya se perfila un régimen despótico, basado en el culto de la personalidad y el desprecio a los límites. Venezuela revelaba que el Estado de Derecho sin justicia social no sólo es una farsa sino también la ventana de oportunidad de un populismo autoritario. Con los mismos compañeros, hasta hoy amigos, comprendí que Venezuela caminaba a la dictadura. Todos ellos integran ahora la diáspora de millones de venezolanos que abandonaron un país convertido en satrapía distópica. En ese tránsito, gran parte de la izquierda iberoamericana ha cerrado filas ideológicas con esa infamia, dejando huérfana de prestigio democrático a la gran causa ética pendiente en América Latina: la justicia social. Venezuela reveló la indulgencia patológica de los narcisistas revolucionarios –buenos ejemplos hay entre nosotros– con sus dictadores. La intervención militar ejecutada este sábado, donde ha sido capturado su tirano, corre otro velo para nosotros. Lo que nos permite entrever es que la reconfiguración imperial norteamericana no tendrá como eje, siquiera simulado, el ideal de un Leviatán democrático a nivel internacional, sino el puro interés económico geoestratégico de un líder con vocación autocrática, conectado a su oligarquía, que sitúa las relaciones internacionales en la anomia absoluta que es propia del estado de naturaleza. Un estado de inseguridad general en el que, como nos demuestra la propia historia, se sabe cómo se entra, pero no cómo se sale. En él tendremos que aprender a vivir como europeos o como vasallos.

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