Venezuela: un tablero de ajedrez

05 de enero 2026 - 03:05

Todos estamos hablando ahora sobre Venezuela en las redes y la mayoría de nosotros ni somos politólogos ni venezolanos. Y eso supone confundir conceptos y hechos históricos. Como hacemos siempre. Incluso algunos ya lo hemos comparado con nuestra historia dejándonos llevar por las redes. Lo único cierto que podemos afirmar aquí es que este país se ha convertido en una herida abierta. Da la impresión de que allí la historia no avanza, se estanca y supura. Quien insiste en explicarla como un simple problema de narcotráfico o como una democracia fallida elige no ver y se deja llevar por los medios y los memes. Hannah Arendt advirtió que cuando la política, del bando que sea, abandona la verdad no produce solo mentira, sino desierto. Venezuela habita hoy ese desierto. Es un lugar donde las palabras “libertad”, “legalidad” y “soberanía” flotan como restos de naufragio porque no se reconocen legalmente dentro del país. La democracia se descompone allí y se pervierte hasta reducirse al vacío. La dictadura encubierta duele tanto como esa oposición sin oportunidades. Pero además, esas palabras, tampoco se reconocen fuera del país, incluso existiendo un derecho internacional que se incumple para invocar otros intereses por parte de un líder norteamericano. En realidad, yo creo, lo que se disputa en este conflicto no es un modelo político, sino el poder y la energía. Lo que ocurre allí es una pugna geopolítica y energética, una danza áspera entre líderes internacionales que no persiguen justicia, sino posición. El líder norteamericano actúa desde una lógica empresarial, heredera de una política antigua donde el mundo se divide en ganadores y perdedores. El líder ruso, en cambio, avanza guiado por la memoria herida, por la sombra del derrumbe soviético, intentando reescribir la historia con el lenguaje del poder. Y China mira, silenciosa, paciente. Como quien sabe que el tiempo también domina. No precipita el gesto ni levanta la voz. Observa cómo otros se desgastan. Foucault lo habría entendido: el poder más refinado no irrumpe, administra. En este desequilibrio deliberado, Venezuela no es el final. Cuba asoma como la siguiente pieza vulnerable. Ojala sirva esto para aprender a pensar de manera geopolítica y a dejar atrás el nivel de los memes. Ya no hay ideologías, ni dogmas, sino grandes intereses disfrazados de principios atractivos.

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