Vía Augusta
Alberto Grimaldi
La vía Adamuz
No es solo por Adamuz. Antes y después de la tragedia, a Óscar Puente le quedaba muy grande el traje de ministro de Transportes. No lo digo yo, sino el Senado, que lo reprobó en septiembre de 2024, y el Congreso de los Diputados, que repitió la operación en mayo de 2025. En ambos casos por el caos de su gestión ferroviaria. Su nombramiento fue uno de los tantos grandes errores de Sánchez.
El nacimiento del Estado liberal español, el que empezó con Isabel II, fue posible, entre otras cosas, gracias al desarrollo de una amplia red de trenes. Y uno de los síntomas de la gran modernización que se operó en el país con la llegada de la Democracia y el ingreso en la UE, fue la sensible mejora del sistema ferroviario con la construcción del AVE como dorado epítome. Digamos que los trenes son un test de gran utilidad para evaluar el estado general de la nación. Y mucho nos tememos que lo que hoy nos diría ese test no es precisamente bueno.
Óscar Puente, además de su incompetencia para la gestión técnica de su departamento, es un político manifiestamente mejorable, uno de los culpables de la degradación de la convivencia nacional que se observa en los últimos tiempos. Su cuenta de X es una sucesión de insultos de grueso calibre contra sus adversarios políticos (algunos de su propio partido) y periodistas críticos con su gestión, que no son pocos. Da la sensación de que dedica más tiempo a las reyertas políticas de baja estofa que a poner orden en su caótico ministerio. Su mal estilo y su imagen pendenciera le imposibilitan para ser la cara visible del Gobierno en una tragedia como la de Adamuz. Por mucho que de vez en cuando intente mostrar su rostro de Dr. Jekyll, como en la maratoniana rueda de prensa del pasado miércoles, la sombra de Mr. Hyde siempre le acompaña.
Un breve repaso por las hemerotecas demuestran no solo sus bravuconadas y su desastrosa gestión ferroviaria, sino también sus ocurrencias y extravagancias, como aquella de que la gente viajase de pie en los trenes (“como en Europa”) o la pretensión de una subida de velocidad a 350 kilómetros por hora en el AVE Madrid-Barcelona, cuando los maquinistas le estaban pidiendo bajarla a 160 km/h. Su principal mérito, sin duda, es su incondicional lealtad al “puto amo”, que es su manera fina de llamar al presidente del Gobierno.
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