Utopías posibles
Regular el mercado
Entre las voces que resuenan en los medios, algunas se imponen no por el volumen, sino por la claridad. Una de ellas es la del reciente ganador del Premio Princesa de Asturias de las Letras, que en su discurso tuvo la virtud de poner palabras a una incomodidad compartida.
La intervención de Mendoza, salpicada del mismo humor inteligente que adereza sus novelas, puso el acento en el momento que vivimos. Dijo que no le gustaba el mundo tal y como lo veía hoy día, y en eso coincido con él. No por catastrofismo, sino por simple observación. Basta con mirar alrededor para advertir que la paz, la estabilidad y el bienestar parecen avanzar sobre un terreno cada vez más inestable.
Su discurso fue inteligente, coherente y profundamente humano. Tenía ese humor preciso, casi distraído, que siempre ha caracterizado a su obra; un humor que no banaliza, sino que afina el bisturí. Bien podrían haber sido palabras de Gurb, el extraterrestre despistado que supo retratar como nadie las singularidades y contradicciones de nuestra vida cotidiana. Quizá nos falta esa distancia para comprender desde fuera las guerras a las que nos estamos acostumbrando.
Resulta complicado opinar con ligereza sobre macroeconomía, geopolítica o grandes conflictos internacionales cuando desconocemos el contenido de los archivos clasificados que duermen en las cajas fuertes de los gobiernos. Solo unos pocos saben realmente lo que ocurre; el resto lo leemos en prensa. Sin embargo, no deja de ser paradójico que algunas ficciones audiovisuales hayan anticipado con inquietante precisión conflictos que después se han materializado, como si la imaginación fuera capaz de llegar antes que la voluntad política.
Mientras leo Últimos días de Berlín y asisto, página a página, a la gestación de la tragedia colectiva, no puedo evitar una sensación incómoda: la de estar repitiendo errores. Como si la historia se moviera siguiendo una función senoidal, condenada a tropezar siempre en los mismos puntos. Cambian los nombres, los escenarios y las banderas, pero las dinámicas se parecen demasiado.
Es difícil no pensar que no hemos aprendido gran cosa. Como en algunos videojuegos, seguimos repitiendo nivel sin haber comprendido las reglas. Avanzamos, sí, pero a base de tropiezos, errores y caídas, mientras nuestras vidas discurren como piezas menores en un tablero de poder que nos empuja a jugar la partida.
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