Populismos

06 de febrero 2026 - 10:13

Así, en plural, populismos, porque cursan de distintos modos o se presentan de variopintas maneras, aquí y allá, a derecha e izquierda. Pues el origen de la denominación de estas orientaciones políticas está en el lugar donde tomaban asiento los miembros de la Asamblea Nacional Constituyente, de Francia, en 1879: la nobleza y el clero, que eran conservadores y monárquicos, se sentaban a la derecha del presidente, mientras que los representantes del llamado tercer estado, o estado llano, la burguesía, los campesinos, los artesanos, que eran partidarios de la revolución, lo hacían a la izquierda. División política de la que deriva la ahora bastante mencionada polarización, en esta posmodernidad que ya estrena el segundo cuarto del siglo XXI. La verdad, entonces, también pierde con las lides populistas, ya que el discurso -más bien las proclamas o las arengas- o el tan asimismo nombrado relato se construyen y difunden a beneficio de las consignas, esas píldoras del pensamiento simple que se convierten en doctrina para los fervorosos partidarios de los líderes carismáticos. Los unos y los otros, los amigos y los enemigos, los seguidores y los opositores, como dualidades maniqueas de las que se vale, y además crea, el populismo. De modo que, hasta en los acontecimientos o celebraciones familiares, que se prestan al solaz de la tertulia en la sobremesa, prefiera no hablarse de política, a fin de evitar las inoportunas e inconvenientes consecuencias del enfrentamiento verbal -y que quede en esa forma de manifestarse-. Aunque el término “populismo” proviene de un movimiento ruso del siglo XIX que tenía como lema “ir hacia el pueblo”, en la actualidad se hace polisémico por, entre otras razones, afectar a distintas ideologías y no solo tener una orientación hacia las clases populares. Si bien, perdura la originaria oposición entre pueblo y élite. Así como una contradicción característica: los caudillos del populismo, que se alzan frente a las élites, acaban siendo particularmente elitistas, en una acomodación nada revolucionaria, sino claramente interesada. Las formas del populismo, en cualquier caso, no están lejos de la demagogia, como práctica con la que ganarse el favor popular, mediante concesiones y halagos, para mantener el poder. Pierde asimismo la verdad con la demagogia, ya que esta se vale de la propaganda y la desinformación, cuando no de datos erróneos o tendenciosos. No hay, en fin, verdades populistas.

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