Utopías posibles
Regular el mercado
Respetadísima señora moderadora del círculo de lectores de la Biblioteca Pública Municipal de Jándula, queridas señoras, estimados señores: después de haber escuchado en escrupuloso silencio, aunque, lo confieso, con muy mal disimulada impaciencia, ustedes perdonen, así soy de temperamental; después de haber escuchado, digo, vuestros melifluos y casi diría que hagiográficos comentarios sobre la novela que nos ocupa, no quisiera coger el dos y la media manta, como quien dice, y salir de aquí sin antes desembuchar en forma de disertación, muy breve, eh, una serie de observaciones sobre este libro que, ya desde las primeras páginas se me caía de las manos y que se resumiría en un solo sintagma: pastiche literario. No se acaloren, se lo ruego, y escúchenme. Háganse cargo de que por el simple hecho de que el autor sea nuestro paisano y aun correligionario no debemos apearnos de nuestra obligación de no conceder ni a nuestro padre la regalía de sacar a la plaza una novela sin que se exponga a juicio público por severo u ofensivo que este sea. Si permiten explicarme, sabrán por qué lanzo a la testa del joven novelista mi almohadilla crítica.
El mamotreto de 697 páginas es un colosal cementerio de propósitos malogrados. El realismo mágico, igual que el frailejón, no prende en pagos jienenses y no pasa de ser una chusca taracea de ocurrencias tan fantasiosas como pueriles. El narrador, ay, Dios mío, el narrador, es un ubicuo bocachancla que, de tanto asomar las narices en cada párrafo y de puro cantar las jugadas, no logra sino suscitar en el lector la impresión de que está ante una novela en la que el andamiaje de las técnicas narrativas hace más bulto que el edificio de la fábula. Frases como la de «ahora, sin mas dilación, paso a describir…» dejan turulato a quien las lee. Y sobre la muchedumbre de personajes ¿qué diré? Ni uno solo tiene vida. Ni uno solo interesa ni preocupa. Ni uno solo permea en la urdimbre de la memoria o en las entretelas del corazón. Ni uno solo expresa ese humor negro que solo puede destilarse en las recónditas alquitaras donde se deposita el bagazo del fruto prohibido. Lo único que lamento, señores, es no tener una piscina adonde volear el libro, como acostumbraba hacer mi querido Umbral. Y tanto más desde que sé que al autor le da tirria compartir cartel con Aznar en unas jornadas sobre la guerra civil, pero no así publicar en la misma editorial que él.
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