La tapia con sifón
Antonio Zapata
Vino, euros y salud
Desde Maquiavelo, la política se entendió como un juego de realismo: el poder se sostiene entendiendo la naturaleza humana y adaptándose a los límites de la realidad, eso es lo que dicta la soberanía popular. El príncipe debía conocer el miedo, la ambición y la corrupción, y maniobrar en consecuencia. Pero hoy, muchas democracias muestran un fenómeno nuevo: la política ha dejado de ser realista y se dirige no hacia utopías, sino hacia irrealidades construidas, que terminan siendo autónomas y a veces incontrolables.
Nietzsche advertía sobre los “falsos valores” y cómo las creencias colectivas podían volverse fuerzas que dominan al individuo. De manera similar, la política contemporánea genera narrativas que no se basan en hechos tangibles, sino en emociones, expectativas y discursos repetidos. Estas narrativas cobran vida propia: los políticos dejan de gobernar sobre la realidad y comienzan a gobernar sobre la percepción que la sociedad tiene de ellos. La ficción política se convierte en un organismo que se alimenta de sí mismo.
Hegel, por su parte, nos enseñó que la historia tiene una lógica autónoma; los movimientos sociales y políticos pueden superar a sus creadores y seguir su propio camino. Hoy, los discursos cuidadosamente construidos en medios y redes sociales se retroalimentan, se amplifican y adquieren fuerza independiente, provocando decisiones, conflictos y movilizaciones que ya no responden a la razón objetiva. La política, entonces, deja de ser un instrumento y se vuelve un fenómeno que dirige a la sociedad, más que la sociedad a él.
Este abandono del realismo maquiavélico genera consecuencias profundas: las promesas incumplibles, los populismos emocionales y los relatos paralelos dominan el debate público. La pregunta filosófica se impone: ¿seguimos gobernando la política o dejamos que la política nos gobierne a nosotros? En un mundo donde la percepción pesa más que la verdad, donde la narrativa se alimenta de sí misma, quizás Nietzsche y Hegel nos advierten que la política se ha convertido en un “monstruo autónomo”, capaz de decidir el destino social más allá de la voluntad de quien lo creó. ¿Hay una política Frankensteiniana? Quizás sea esa la pregunta. Yo creo que sí. Y siguiendo la narrativa de Mary Shelley el monstruo no muere, quien muere es el creador. El monstruo no puede ser controlado por quien lo crea.
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