Luces y razones
Antonio Montero Alcaide
El río de la vida
El río de la vida da sentido a la locución latina “vita flumen”, la vida como un río. Este, así, hecho metáfora del vivir con el correr de su cauce desde el nacimiento del curso hasta la desembocadura en el mar, que, como entendió Jorge Manrique, allá por el siglo XV, en las Coplas a la muerte de su padre, es el morir: “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir”. Momento en que, acudiendo asimismo a la metáfora, la vida se hace ensanchada plenitud en el estuario del río que entrega sus aguas al unirse al mar, para que se mezclen aguas dulces y saladas en la desembocadura final. O esa misma vida da por entregarse arrastrando los sedimentos de su curso, para queden a modo de memoria del río islas y bifurcaciones en el delta del tránsito. O este, como en la imagen, se realiza de manera tan simple como gozosa, pues el cauce seco de los ríos viene a ser una muerte anunciada, y, si las aguas dan con el mar, es que la vida se afirma y la dicha se hace plenitud en el final. Estuarios, deltas o desembocaduras simples que, al cabo, se hacen iguales: “allí van los señoríos / derechos a se acabar / y consumir; / allí los ríos caudales, / allí los otros medianos / y más chicos, / y llegados, son iguales / los que viven por sus manos / y los ricos”. Avanzan los cauces, entonces, como el tiempo se fuga, “tempus fugit”, y las desembocaduras certifican el “memento mori”, pues “recuerda que morirás”.
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