Ciavieja
Moreno Bonilla maltrata a Almería
La Unión Europea (UE), una unión de mercaderes sin política exterior ni de Seguridad y Defensa que desde su fundación ha subordinado la defensa de su estado de bienestar al “paraguas” defensivo de los Estados Unidos (EEUU), con unos intereses geopolíticos discordantes entre sus miembros, se enfrenta a un escenario dominado por el pulso híbrido entre EEUU y China, donde la influencia se ejerce sin declaración de guerra, pero con la misma intensidad con la que antes se libraban las batallas.
Ya en nuestra Estrategia de Seguridad Nacional se hace hincapié en la creciente rivalidad geopolítica, comercial y tecnológica entre Estados Unidos y China, siendo la disputa particularmente intensa en el ámbito tecnológico, donde se está produciendo una carrera por la supremacía mundial, que incluye el control de exportaciones de tecnologías críticas y de doble uso. Adicionalmente, China ha redoblado sus esfuerzos por aumentar su peso en las organizaciones internacionales, con el objetivo de alcanzar una posición que le permita influir en las reformas de la gobernanza global. En términos globales, su capacidad de influencia relativa a la de Estados Unidos ha aumentado significativamente en las últimas tres décadas y ha logrado suplantar la influencia de naciones occidentales en muchas regiones, particularmente de África y del Sudeste Asiático.
Mientras en los primeros años del siglo XXI se confiaba en que la integración de China en la economía global acercaría su modelo a los valores liberales occidentales, la llegada de su actual líder Xi Jinping en 2012 marcó un giro decisivo. Su discurso del “rejuvenecimiento nacional” impulsó una política exterior orientada a reforzar la autosuficiencia, expandir su influencia y cuestionar la hegemonía estadounidense, empleando estrategias híbridas para socavar la cohesión social de las democracias occidentales sin cruzar el umbral del conflicto armado abierto, con el objetivo de “ganar sin luchar”, creando un espectro de conflicto que se sitúa entre la paz convencional y la guerra abierta, donde la ambigüedad es el arma principal y donde las acciones hostiles se ejecutan de manera gradual y encubierta (ciberataques, presión económica, uso de proxies, etc.), dificultando la atribución y la respuesta legítima de los estados afectados. Dentro de este espectro, el dominio cognitivo emerge como el nuevo espacio de batalla clave. Ya no se trata solo de controlar el territorio (tierra, mar y aire) o las infraestructuras lógicas (ciberespacio), sino de influir en la percepción de la población, donde las tecnologías de manipulación de la información y la percepción se volverán aún más sofisticadas exacerbando la polarización social y la desconfianza en las instituciones, planteando un escenario no descartable en el que China pueda supera a Estados Unidos a partir de la próxima década.
Iniciativas del gobierno estadounidense como la Pax Silica, destinada a proteger las cadenas de suministro de inteligencia artificial (IA) y tecnología, o la Junta de Paz, una organización internacional con el mandato de llevar a cabo funciones de consolidación de la paz según el derecho internacional, presentada por Trump en la reciente Reunión Anual del Foro Económico Mundial, en Davos, o la creación del pacto AUKUS (con Reino Unido y Australia), o el Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD) (con Japón, India y Australia), o la Pacific Deterrence Initiative, entre otras, se enmarcan en su política de obstaculizar el avance chino impulsado por su Iniciativa de la Franja y la Ruta (rutas de la seda marítima, terrestre, Polar y digital), la ambiciosa política exterior china de establecer alianzas enfocadas en la mejora de la conectividad regional mediante inversiones en infraestructuras, y la integración económica no sólo en el continente euroasiático, también en África y América Latina, en lo que podríamos considerar como un nuevo colonialismo.
Esta tensión chino-estadounidense está afectando notablemente a la UE, pues una parte significativa de esta pugna se está desarrollando en territorio comunitario. Y es evidente que China, con un sistema político definido como República socialista marxista-leninista, contrario a los estándares democráticos occidentales, se está aprovechando de las debilidades de nuestro sistema político en su enfrentamiento con EEUU. Por ello, la UE tiene que tener claro que no puede subsistir contra EE.UU. ni “blanquear” al régimen neocomunista chino.
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